lunes, 16 de noviembre de 2015

ROBERTO LICCIONI


            Un guayanés descendiente de uno de los prominentes corsos llegados a Guayana el siglo diecinueve, era fundamentalmente empresario como su abuelo don Antonio Liccioni, pero, por contraste, el pintor Joaquín le descubrió una interesante faceta artística que jalona la continuidad de la historia del mundo plástico bolivarense.
            Roberto Liccioni, llamado también Robertico y Robespierre, era nieto de don Antonio Liccioni, vertiente mayor de la sangre corsa en suelo orinoquense y presidente desde 1871 de la compañía aurífera a la cual se le debe la fundación de El Callao como la conversión de las centurias leyenda doradista en una tangible realidad.
            La Compañía Minera de El Callao llegó a producir hasta 8 toneladas de oro al año y le imprimió gran dinamismo a la actividad mercantil bolivarense, sostenida hasta entonces por la ganadería y explotación de subproductos de la selva como el caucho, la sarrapia, el balatá y las cortezas amargas de árboles medicinales.
            Pero Liccioni no vino expresamente en busca de El Dorado  sino como hombre de hacienda que quería poner en práctica su experiencia acumulada en el fomento ganadero de Casanare, pero por fortuna se encontró con el filón de El Callao que le permitió sin tener que dejar la ganadería, incursuinar en el área minera como no antes ni después lo habían hecho otros sectores ligados a explotación aurífero.
            Liccioni era casado con la colombiana Natalia Beltrán, con la cual tuvo siete hijos, dos de los cuales fallecieron a temprana edad. Sobrevivieron Leopoldo, Julio, Margarita y José Roberto Liccioni, esta Ultimo se casó con Elena Montauban, de cuya unión nacieron Robertico y María Luisa Liccioni Montauban.
            Robertico nació en Caracas el 17 de julio de 1885 cuando ya la fiebre del oro comenzaba a declinar para darle paso a la fiebre del balatá la cual también habría de quemar a Antonio Liccioni, quien en 1892 se metió en el negocio balatero e en las selvas del Nichara y el cual manejaba desde la Casa de las Doce Ventanas en Ciudad Bolívar.
            Robertico se radicó en Ciudad Bolívar en 1920 atraído no por el oro, sino por la explotación del balatá, producto extraído del Purguo o Pendare utilizado en el industria del caucho vulcanizado y en la goma de mascar entre otra gama de usos. Precisamente su estada en la ciudad del Orinoco se la facilitó la Pendare Gums, compañía americana que explotaba el balatá para las fábricas de chiclets y con la cual trabajo durante un tiempo, antes de independizarse como empresario.
            Para los años veinte, Ciudad Bolívar aun acusaba en materia de insumo para su incipiente industria como la cervecera, la tipográfica y eléctrica, preocupante escasez, consecuencia de la Guerra del 14 en la que se alistaron con verdadero fervor patriótico al lado de sus banderas de origen, varios bolivarenses descendientes de europeos. Pero si bien, por el lado de los insumos padecía su economía, por la parte de las exportaciones le iba muy bien. Roberto Liccioni, socio de don Virgilio Casalta en algunos negocios, llegó a exportar no sólo subproductos de la selva también madera aserrada, huevos y carne de tortuga, industrias en la que también estuvo empeñado Raimundo Aristiguieta, creador de los famosos sombreros de paja Britania que tanto se vendían en Caracas, Barranquilla, Puerto Rico y Panamá.
            Roberto Liccioni, fallecido en Caracas en 1965, era casado con Amelia casalta y tuvo dos hijos: Malú Liccioni de Juncal y Aimee Liccioni de Keeshen. Era dueño de la Cerámica, importante extensión de terreno al Oeste de la ciudad y a la orilla del Orinoco, llamada así porque allí funcionó una fábrica de cerámica junto con las otras industrias a las cuales me he referido.
            Fue uno de los accionistas principales de la C.A. la Electricidad de Ciudad Bolívar y su Presidente desde 1937 hasta su funcionamiento con la Nueva Cervecería. Vivió en los altos del Cine América de la calle Orinoco, donde durante los días de ocio escribía poesía y pintaba al igual que lo hace hoy su hija Malú, quien heredó la vena artística que compensaba su árida condición de hombre de empresa.
            Cuando investigamos un poco sobre su vida para escribir el libro “La Electricidad de Ciudad Bolívar (80 años de Historia)” por encargo del ingeniero Alberto Manzini P., nos enteramos de su afición por el arte de la poesía y la pintura. Lo que no supimos hasta ahora que el pintor Joaquín Latorraca lo ha puesto al descubierto, es que hubiera dejado una obra importante que lo marca como continuador o enlace de la línea pictórica angostureña que en 1830 había iniciado Emeterio Emazabel.
            Esta obra integrada por 40 lienzos fue inaugurado el Día del Artista Plástico (10 de mayo) en la Casa de las Doce Ventanas, por el Dr. Oswaldo del Castillo, Rector de la Universidad de Guayana, pero la investigación, selección y organización de la exposición, incluso el Catálogo, la hizo Latorraca que siempre para ese día conmemorativo del natalicio de Armando Reverón, nos tiene una sorpresa.
            En esa exposición el visitante puede observar temas religiosos, desnudos, flores, personajes, paisajes y retratos como un auto-retrato suyo que ilústrale reportaje, el de su padre José Roberto, el de su hija Malú cuando era una quinceañera luciendo una delicada mantilla española, y el de Roberto, hijo del doctor Fernando Huncal, extinto esposo de Malú.
            Joaquín Latorraca es un pintor constructivista de la generación de artistas de los años sesenta, que nada tiene que ver con la pintura representativa o figurativa y, por ello, seguramente, a muchos extrañará el que se haya interesado en este caso por un pintor que sigue la clásica tendencia del claro-oscuro con las variantes singulares que le da la luz del trópico, pero he aquí lo que expresa el autor del hallazgo:
            “Nadie ha sabido explicarse que tiempo (Roberto Liccioni) le dedicaba a la pintura, pero el cuantioso volumen de obras realizadas demuestra desde su primera Paisaje Invernal, sin fecha precisa, que la pintura era su gran pasión. No hablamos, por supuesto, de un gran artista ni pretendemos engañarnos, pero lo realizado, su dedicación a lo largo de su vida y todo cuanto hemos indagado, denotan una época en la que no existían cuanto hemos indagado, denotan una época en la que no existían testimonios de otro personaje igual o parecido, además del hecho casual de haber sido el gran motivador y primer maestro de Aimée Battistini, la generosa artista que cobijó en Paris a pintores venezolanos, con los cuales fundó el llamada grupo de Los Disidentes, fundamento que cambiaría la historia del arte del país colocando A Venezuela en el arte mundial contemporáneo”. 
            Pues bien, ésta es una justificación importante que contrarresta la crítica que se le pudiera hacer a Latorraca al sacar a flote esta exposición. Pero lo que seguramente ignora Latorraca y esto va a su favor, es que existía una especie de eslabón perdido en la línea de continuidad individual de la pintura bolivarense que va desde Emeterio Emazabel hasta nuestros días cuando ha dejado de ser tradicional e individualista para trascender en diversidad de búsquedas y conceptos que enrola a movimientos y grupos importantes como el de la generación  de los años sesenta afincada en las tendencias de Aimée Battistini, Alejandro Otero y Jesús Soto. De esa generación destacan pintores como el mismo Joaquín Latorraca, Luis Carlos Obregón, José Rosario Pérez, José Félix Bello, Trino Pulido, Agustín Palma, Ramón Morales y más recientemente Norelis Blanco.
            Emeterio Emazabel, padre del Dr. José María Emazabel, quien fue Rector del Colegio Federal de Guayana, figura como pintor angostureño en los años próximos a 1830 según se desprende de algunas anotaciones de Alfredo Boulton  en  Historia de la Pintura  en Venezuela y del crítico de arte, Rafael Pineda, en la Historia Pintada. Emazabel figura junto  con el artista Pedro Lovera como contribuyente en la colecta de fondos para erigir la estatua del Libertador en la Plaza Mayor de Angostura.
            Emazabel participó con el Escudo de Venezuela sobre porcelana en la primera exposición de arte plásticas realizada en Venezuela (1872), y en Caracas se encuentran lienzos suyos de tres distinguidos prelados; dos de los cuales vinculados a Guayana: Ramón Ignacio Méndez, quien fue diputado al Congreso de Angostura y Francisco Ibarra, primer Obispo de la diócesis de Guayana.
            Pedro Llovera, hijo de Juan Lovera, pintor de los Próceres de la Independencia, vivió en Angostura en los años de 1840 y de él son los lienzos de Simón Bolívar, Juan Germán Roscio, Francisco Conde, Diego Bautista Urbaneja, Francisco Antonio Zea, Fernando Peñalver, José Tomas Machado, Manuel Cajigal y Rafael Urdaneta que se hallan en la casa del Congreso de Angostura.
            Siguiendo esa Línea continuó hasta 1905 cuando falleció Miguel Isaías Aristiguieta, quien además de pintor era excelente fotógrafo. De él son las pinturas de Diego Antonio Alcalá, Diego Ballenilla, Santiago  Mariño, Juan Bautista Dalla Costa, Wenceslao Monserrate y Ramón Isidro Montes, que se encuentran en la misma casa del Congreso.
            Había un vació en el curso de esa línea histórica, desde la muerte de este hijo del Orinoco hasta la aparición de artistas como Aimée Battistini, Carmelo Castillo, Alejandro Otero, Jesús Soto, Regulo Pérez, Gonzáles Bongen, el Indio Guerra y otros. Pero ya vemos que de manera furtiva la había continuado Roberto Liccioni, siguiendo los pasos de su madre Elena Montaubam, quien también era aficionada a la pintura en la Caracas del Circulo de las Bellas Artes que tanta repercusión tuvo en la historia de la pintura de Venezuela y de donde descollaron artistas de la esatura de Maule Cabrá, Luis
Alfredo López Méndez, Rafael Monasterios y Armando Reverón.
            Roberto Liccioni, además de pintor, era poeta y de él es este poema escrito sobre paleta de pintor, poco antes de morir: Llenase de sombras el remanso y las garzas / como manojos de lirios / levantan su vuelo / hacia el descanso.




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