domingo, 27 de marzo de 2022

MIMINA RODRÍGUEZ LEZAMA

Poeta de gran riqueza metafórica, Presidenta de la Casa de la Cultura, Hija Ilustre de Upata y Socia Correspondiente de la Academia de la Lengua, se desprende del mundo terrenal, pero permanecerá viva  en el mundo de la palabra.

                                               --        Nació la poeta en tiempos del mandatario regional Vicencio Pérez Soto.  Fue este General, quien trajo del Tocuyo a quien sería su padre.  El tocuyano Felipe Rodríguez era militar retirado, acaso muy maduro para su madre que era quinceañera y estaba enamorada de Manuel, un hijo del entonces ex Presidente del Estado Bolívar, general Marcelino Torres García.

         La presencia del militar retirado, en postura de encantamiento ante la Flor de la selva del Yocoima, facilitó la disolución del noviazgo al cual se oponía el abuelo Julio Lezama y toda su estirpe, ensañado contra Marcelino Torres García  por la forma como fue eliminado en Tumeremo (22 de julio de 1920) el general revolucionario antigomecista, Pedro José Fernández Amparan.

         Pero Felipe Rodríguez falleció cuando Guillermina Rodríguez Lezama (Mimina) tenía apenas seis meses de nacida.  Entonces su madre Flor Lezama volvió por sus fueros con su antiguo pretendiente sin importarle mucho el odio de aquellas dos familias.

         Felipe Rodríguez le había dejado de herencia a su hija el hato Las Peñas, cerca de Upata y allí fue a tener la familia.  Mimina comenzó a ser niña bajo el alero rojo de una casa blanca, en un ambiente de muchos riachuelos y morichales, racimos de frutas, inmenso patio siempre lleno de rosas, trojas con hortalizas y la empalizada cubierta de cundeamores.

         Tenía siete años cuando sus ojos verdes se encontraron de nuevo con Upata.  Seguía siendo la ciudad del Yocoima, centro de los Carreros del Yuruari y de las mujeres bonitas, posada de forasteros y de familias cultas que se reunían por las noches para tocar pianola y recitar poemas de Vargas Vila, Juan de Dios Peza y José Asunción Silva.

         Pero la Upata de Concepción de Talyhardat, de Anita Acevedo Castro, de José Ramón del Valle Laveaux, de Teodoro Cova Fernández, de Oxford López y del doctor Obdulio Álvarez, debió quedar atrás un día impreciso en la memoria de Minina Rodríguez Lezama en que se vio de crinejas buscando entre los muros de piedra y barro el eco del arcabuz que hizo trizas el brazo izquierdo del prócer Tomás de Heres.  Pero no pudo lograrlo, se imponía desde fuera el ruido congelado de los fusileros que hizo imposible la existencia del héroe de Chirica.

         Su vida de niña andaba de sorpresa en sorpresa, sin lugar donde detenerse y ahora, lejos aún de la pubertad, se encontraba en Amor Patrio entre Dalla Costa y Libertad, tratando de alcanzar el gran río que se escondía detrás de los mogotes y el bullicio del Mercado Principal.  Entonces fue cuando apareció con su voz cantarina la maestra Anita Ramírez y le mostró que no podía ser un secreto la extensión del río.  Anita que no se despegaba de su Alondra, la enseñó a encontrarlo y le puso en sus manos “Pajaritas de Papel” en cuyas alas volaría después a Caracas cuando ya despuntaba su adolescencia.  Y allá en la ciudad de los techos rojos pudo conocer a Castor Fulgencio López, el autor de “Pajaritas de Papel”, quien le aguardaba para morir en plena reunión de la Asociación de Escritores, sujeto a sus manos que ya habían escrito poesía sobre el tronco desnudo de los árboles.

         Ella era la única hija del muerto porque Julio y Nora eran hijos del padrastro que un mal día no quiso vivir más con su madre, por lo que la vida comenzó a serle dura como la propia costura que debía coser aquella y asentar ella con la plancha mientras su pariente Teresa trataba de memorizar poemas que parecían desplazados por los que le traía a Mimina la escritora Graciela Rincón Calcaño.

         Fue Graciela la que le presentó al Teniente una noche avileña en la que todos pretendían ocultarse tras una mueca.  Fue cuando recordó que también Reverón conoció a Juanita en un carnaval guaireño y terminó hundido hasta la cintura en el mar de Colón.  Con el teniente Jorge Rincón Calcaño no iba a ocurrir lo mismo porque él era un hombre de infantería, de manera que con él se casó y virtualmente con él encontró su seguridad.  El militar tenía las botas bien puestas con Medina Angarita, aunque después fue de los del 18 de octubre, pero al lado del entonces Mayor Marcos Pérez Jiménez.

         Un día  Pérez Jiménez le dijo a Jorge, su marido, estando en Barquisimeto:  “en tus manos  confío las llaves de occidente”.

         Mimina lo recordaba siempre y me confesó que nunca entonces estuvo mejor cuidado el cerrojo de la puerta. Era un poder innegable que le permitió dejarse llevar resuelta como el vals en el salón del Club Militar, por las manos del gran jefe de Venezuela.

         Disfrutó plenamente del crepúsculo y los ritos culturales larenses.  Al fin y al cabo su padre Felipe Rodríguez era tocuyano igual que Vicencio Pérez  Soto, quien de algún modo resultaba responsable de la existencia de ella, de Mimina o Guillermina, como también se llamó su abuela oriunda de Barinas, hermana de Pedro Pablo Gonzalo Matos, casado en Upata con Chana, hermana del General Juan Fernández Amparan, quien le sacó la pata del barro a Juan Vicente Gómez en Ciudad Bolívar, escenario de la última Batalla de la Guerra Libertadora.

Mimina aprendió desde su infancia a enhebrar aquellos nombres de su prosapia tratando que alguna vez le sirvieran para algo. Eso jamás lo supo, pero se enorgullecía de ellos, tanto que aspiraba al final la enterraran en la misma tumba de don Julio Lerzama, aquél insigne abuelo que nunca soportó al general que derrotó a Angelito Lanza en las Chicharras.

         La Ciudad de bellos atardeceres, capital musical de Venezuela, significó mucho para Mimina. Allí se metió de lleno con los grupos intelectuales y artísticos, conducida de la mano por aquella gran mujer de Venezuela,  Casta J. Riera, y, aconsejada de cerca por Germán Garmendia y Felipe Riera Vial, ocupó los más altos cargos en el mundo de las letras y el arte barquisimetano.

         Pero el matrimonio con Jorge no duró lo que debía durar y se quedó en Rafael, Lucero, Alejandra, Raquel y Grasielita,  así con S como a ella le gustaba. Grasielita, “ángel de gracia en cielo transparente”.

         Comenzó a viajar y a vivir tiempo prolongado en Madrid y Santiago de Chile favorecida por el Jefe del Estado Mayor del Ejército, General Rómulo Fernández, quien escribía poesía y de quien guardaba copia de la carta que él personalmente entregó a Pérez Jiménez pidiéndole se deshiciera de Pedro Estrada y Laureano Vallenilla Lanz. Pedimento que sólo pudo cumplir cuando ya su gobierno agonizaba en el umbral del 23 de Enero.

         El 23 de Enero de 1958 abrió un nuevo capítulo en la vida de Mimina Rodríguez Lezama pues sus amigos artistas e intelectuales, buena parte militante de la izquierda, entre ellos, Armando Gil Linares, quien tocaba guitarra y estudiaba bibliotecología en la Universidad Central, la hicieron ficha de las guerrillas. Su trabajo, desde algún punto del litoral, consistía en sacar durante una hora todas las noches, la clandestina emisora identificada y nunca localizada “Voz de las FAL”.

         “Desde un lugar de la Venezuela en armas, habla para ustedes La Voz de las FAL” y Mimina a través de las ondas hertzianas lanzaba los partes de guerra, mensajes revolucionarios y en el espacio “Arte Combatiente” poesías como ésta de la propia Mimina:

“La noche no se atreve a descubrir sus cráteres/ la noche arrastra al vértigo/ la espesa soledad de las estatuas/ pudo caer de pronto/ morir o preguntar/ ¿Quién eres?/ todo regresa de la golpeada orilla/ la noche decapita mariposas y oigo tu voz poblando la montaña”.

¿Quién iba a creer que la esposa de un oficial del ejército era la voz de las Fuerzas Armadas  de Liberación?

         Mimina estaba por disciplina bajo jurisdicción del “Destacamento 4 de Mayo” comandado por Alfonso Maneiro. De segundo comandante figuraba Armando Gil Linares, quien es su esposo desde que el extinto poeta Argenis Daza Guevara, prevalido de un Juez amigo, los casó en un lejano pueblito de Barlovento, sin estar ambos presentes.

         Desintegrada las guerrillas de los años sesenta, Armando buscó refugio en Margarita de donde era Mojito (Teodoro García), Toribio (García) y Aquiles Cedeño, muertos en la montaña. De Aquiles conservo “La Madre” de Máximo Gorki” y de Toribio las vivencias del sexto grado juntos en el grupo Escolar Estado Zulia de Porlamar.

         Mimina, por su parte, trató de cerrar su ciclo en Upata, pero, irresistible a la tentación del río que ahora no podía ocultarse detrás de los mogotes del Mercado, se quedó en Ciudad Bolívar donde se realizó como promotora  cultural.

          La gran obra de Mimina son sus libros y la Casa de la Cultura “Carlos Raúl Villanueva” que acunó al Museo de Arte Moderno Jesús Soto y a toda una generación de bolivarenses destacados hoy en el mundo del arte.

         La Casa de la Cultura es hija de esta upatense y por eso la presidió desde entonces. Desde que fue inaugurada un día en que el río llegaba al tope de sus aguas. La inauguró también un upatense, el Ministro de Educación  J. M. Siso Martínez, el 24 de  agosto de 1967. Desde aquél momento la dirigía con mano de poeta de gran claridad y calidad metafórica y no fue óbice cuando debió ejercer la Dirección de Extensión Cultural del Núcleo Bolívar y de la UDO así como la dirección de cultura de la Municipalidad, y la dirección por dos años del Museo Soto, mientras Armando Gil Linares andaba por Paris haciendo curso de museología.

         En ese movimiento cultural organizado que al comienzo tenía como sede un inmueble propiedad de Ana Luisa Contasti, contiguo a la Biblioteca, luego sustituido por la casa actual que fue del prócer Juan Germán Roscio, tomaron impulso casi todas las obras literarias de Mimina Rodríguez Lezama, incluyendo el Cunaguaro Melancólico y a excepción de  ”Brumas en el Alma” y  “Desde mi sitio exacto”, cuyos originales se extraviaron en una operación de allanamiento policial.  Al calor  de esa Casa de Cultura se prohijaron “Tu el Habitante” que la negligencia de impresora no dejó circular; “13 Climas de Amor”, “La Palabra sin rostro”, “Héroes y Espantapájaros” que tuve el privilegio de prologar, “Este vino salobre” y “El feudo flor de avispa de los Quiriminduñes” que publicó la casa de la Cultura de Upata y que recoge los libretos de títeres que escribió para el Juan Tinajas, retablo donde se formaron Teresa Coraspe, Isaura Vicuña, Genaro Vargas, Victor Ortiz, su hija Raquel  y Nancy García.

         Sostuvo por largos años hasta la hora de su muerte las páginas literarias del Correo del Caroní y El Expreso. Vinieron otras publicaciones como El Cunaguaro Melancólico, porque Mimina nunca se rindió, no obstante los males que últimamente la asediaban, y la tarea que debía cumplir ya como socia correspondiente de la Academia Nacional de la Lengua y como presidenta de la Casa de la Cultura, bajo cuyos auspicios trabajaban el Grupo Armonía, de Mariita Ramírez; el Grupo de Cerámica, dirigido por Mercedes Monasterios, el Grupo de Literatura Oral, de Reinaldo González y los Grupos de Teatro La Comedia, Telón y Teloncito dirigidos por Francisco Araya.  Las dos salas de exposición de la Casa igualmente están activas bajo la coordinación directa de la Dirección de Cultura.


         Hasta aquí el testimonio de su paso por la vida de esta escritora amiga que revolucionó la cultura de Ciudad Bolívar desde los años del setenta. Hasta aquí como ella dice en su poema “El País de las Gaviotas”, el emigrar de pájaros color de vino. Hasta aquí el exilio de esta mujer en la heredad de los molinos y en el salitre de los sellos. Hasta aquí la historia del camino y de su sombra crecida en la estación de la ternura.

MALVINA ROSALES



En 1900, cuando Malvina Rosales Granarolli nació bajo el signo de Aries, Ciudad Bolívar, la tierra cálida de Marcos Vargas, el hombre que desanduvo el progreso para llegar a la barbarie y retornar de nuevo a la civilización a través de su hijo, estaba sembrada de forasteros industriosos y había una actividad de puer­to que desaparecerá des­pués que el petróleo multi­plica las carreteras y el dra­gado del Orinoco que se detiene en Matanzas.
A pesar de la influencia europea, la Ciudad Bolívar de principios de siglo se mantiene fiel al tradiciona­lismo que sujeta a la mujer a una vida doméstica, de recato y de imposible competencia normal del hombre.
Atrapada por esa realidad social, vino al mundo Malvina, la hija de Luis Eduardo Rosales Pachano y Josefa Granarolli Gerald, descendiente de Malvina Gerald Granarolli, una fran­cesa que abandonó los viñe­dos que tenía en Marsella para venir a vivir poco y a morir temprano junto al Orinoco. No resistió esa francesa de veintisiete años el ambiente embriagador del trópico, pero lo que le restó por vivir se acreditó con creces en la longevidad de su hija huérfana que murió a los 90 años.
        Esa longevidad la heredó Malvina (Malva) Rosales quien sobrevivió a sus cuatro hermanos hasta un poco más allá de los ochenta.
De muy joven intuyó que la fatalidad iría desgranando la unidad familiar y se adelantó a los tiempos que le darán la razón que para su edad temprana parecía no tener cuando se puso a la par del hombre reclamando derechos negados a la mujer.
Comprendió que con un poco de inteligencia y auda­cia difícilmente se sucumbe en la miseria. Marte estaba de su lado como buena aria­na y con él emprendió la guerra contra los prejuicios sociales. Pero primero hubo de salir de la pobreza por­que sus ascendientes no dejaron herencia. Empezó la joven por cargar piedras en carapacho de tortuga desde lo alto del cerro donde se montaba la ciu­dad. La piedra muy utiliza­da para empedrar las calles se pagaba entonces a buen precio. Jamás para ella fue una vergüenza aquel trabajo duro y árido que le ayudó a paliar su hambre en la sole­dad de un camino atajado de prejuicios.
Con la piedra se costeó los estudios y su aplicación la hizo maestra al lado de su coetánea Anita Ramírez. Tenía 15 años cuando la nombraron subdirectora de la Escuela "Francisco Antonio Zea". Pero no esta­ba hecha para el cotidiano caletreo de las niñas y por eso desertó a los dos años de ejercicio docente. Se fue a Trinidad de paseo y un casual encuentro con el Gerente de la "Dick Balatá Ltd" cambio su rumbo.
Estudió mecanografía y como secretaria mecanó­grafa prestó servicios en la empresa que tenía en Ciudad Bolívar su centro de operaciones dirigidas a la explotación del balatá del Alto Orinoco, la sarrapia del Caura y el Oro de El Callao.
 Con Malva. "Dick Balatá Limited" pasaba a ser la pri­mera empresa privada gua­yanesa que admitía los ser­vicios profesionales de una mujer dentro de su área administrativa. Pero desa­justes económicos que le sobrevinieron a la empresa en 1920 decretaron su quie­bra y para Malvina no fue difícil entonces encontrar colocación en el Banco de Venezuela, donde llegó a ser Sub-Gerente con título de Auditor. Que para aquellos tiempos significaba tanto como ser hoy un experto administrador de finanzas.  Con este segundo cargo, Malvina terminaba de abrir la brecha  para que la mujer guayanesa comenzara a vislumbrar un porvenir mejor dentro del campo del trabajo del hombre.
En 1925, después de 34 años de labor ininterrumpida y debido a un accidente, el Banco de Venezuela decidió jubilarla para que se fuera a Europa a restaurar su salud, pero el temor de morir en soledad la hizo desistir de una solución qui­rúrgica. Decidió entonces darle la vuelta a Europa en un automóvil Renault de cuatro caballos comprado en Caracas y que hizo poner en Lisboa donde emprendió su periplo para terminar vendiendo el auto en París perdiendo no mucho de los 3.500 bolívares que le había costado. La gira la cumplió en cuatro meses, pero para evitarse cargos de concien­cia, tuvo el cuidado de reco­rrer antes todos los estados de Venezuela.
Sin darle mucha importan­cia a la afección pulmonar que la aquejaba, retornó a Guayana para incorporarse de nuevo al trabajo ya como Comisaria del Automóvil Guayanés, Jefe de Relaciones Públicas de la Compañía Anónima Electricidad de Ciudad Bolívar, del Núcleo Bolívar de la Universidad de Oriente o samaritana del bien ajeno.
Malvina, además, fue excelente deportista. Tuvo en los tiempos de su juven­tud predilección por el tenis y la primera cancha de este deporte la fundó ella en lo que ha sido siempre el Club Deportivo Social "La Cancha" de la Avenida Táchira. En la construcción de la iglesia San Francisco de Asís y sostenimiento del Asilo de Ancianos San Vicente de Paúl, Malvina aportó por lo menos una piedra que es más que un granito de arena, aunque no cargada en su antiguo cara­pacho de la tortuga arrau, pero sí en el temple de su corazón de mujer que en Ciudad Bolívar se atrevió a romper con unos cuantos esquemas, para lo cual, por supuesto, no había que temer ni tener miedo, Rafael Pineda lo dice muy bien en un largo poema dedicado a ella: "la primera que no tuvo miedo/de irse a trabajar, brazo con brazo, al mundo de la calle, con los hombres".


GUAYANESAS DE PRIMERA

Mujeres Resultado de imagen para mARY cALCAÑOguayanesas de primera
Recordamos hoy, Día Internacional de la Mujer que Guayana es cuna de mujeres que dieron el primer paso para romper esquemas sociales dentro los cuales el hombre monopolizaba derechos actualmente compartidos en igualdad de condiciones con el sexo
opuesto.

Malvina Rosales Granarolli, destaca como la primera guayanesa que tra­bajó como secretaria en una empresa privada; Mary Calcaño, la primera en pilo­tar un avión en Venezuela; Alida Isaura Gambús, la primera bachiller egresada del Colegio Federal de Varones; Gloria Lezama de Casado, la primera gradua­da de abogado; Sofía Silva Inserri, la primera Miss Venezuela, Lucila Palacios, la primera que ejerció la diplomacia como embaja­dora y María de Lourdes Salóm, la primera graduada de medicina veterinaria en Venezuela.
En 1900, cuando Malvina Rosales Granarolli nació bajo el signo de Aries, Ciudad Bolívar, la tierra cálida de Marcos Vargas, el hombre que desanduvo el progreso para llegar a la barbarie y retornar de nuevo a la civilización a través de su hijo, estaba sembrada de forasteros industriosos y había una actividad de puer­to que desaparecerá des­pués que el petróleo multi­plica las carreteras y el dra­gado del Orinoco que se detiene en Matanzas.
A pesar de la influencia europea, la Ciudad Bolívar de principios de siglo se mantiene fiel al tradiciona­lismo que sujeta a la mujer a una vida doméstica, de recato y de imposible competencia normal del hombre.
Atrapada por esa realidad social, vino al mundo Malvina, la hija de Luis Eduardo Rosales Pachano y Josefa Granarolli Gerald, descendiente de Malvina Gerald Granarolli, una fran­cesa que abandonó los viñe­dos que tenía en Marsella para venir a vivir poco y a morir temprano junto al Orinoco. No resistió esa francesa de veintisiete años el ambiente embriagador del trópico, pero lo que le restó por vivir se acreditó con creces en la longevidad de su hija huérfana que murió a los 90 años.
           Esa longevidad la heredó Malvina (Malva) Rosales quien sobrevivió a sus cuatro hermanos hasta un poco más allá de los ochenta.
De muy joven intuyó que la fatalidad iría desgranando la unidad familiar y se adelantó a los tiempos que le darán la razón que para su edad temprana parecía no tener cuando se puso a la par del hombre reclamando derechos negados a la mujer.
Comprendió que con un poco de inteligencia y auda­cia difícilmente se sucumbe en la miseria. Marte estaba de su lado como buena aria­na y con él emprendió la guerra contra los prejuicios sociales. Pero primero hubo de salir de la pobreza por­que sus ascendientes no dejaron herencia. Empezó la joven por cargar piedras en carapacho de tortuga desde lo alto del cerro donde se montaba la ciu­dad. La piedra muy utiliza­da para empedrar las calles se pagaba entonces a buen precio. Jamás para ella fue una vergüenza aquel trabajo duro y árido que le ayudó a paliar su hambre en la sole­dad de un camino atajado de prejuicios.
Con la piedra se costeó los estudios y su aplicación la hizo maestra al lado de su coetánea Anita Ramírez. Tenía 15 años cuando la nombraron subdirectora de la Escuela "Francisco Antonio Zea". Pero no esta­ba hecha para el cotidiano caletreo de las niñas y por eso desertó a los dos años de ejercicio docente. Se fue a Trinidad de paseo y un casual encuentro con el Gerente de la "Dick Balatá Ltd" cambio su rumbo.
Estudió mecanografía y como secretaria mecanó­grafa prestó servicios en la empresa que tenía en Ciudad Bolívar su centro de operaciones dirigidas a la explotación del balatá del Alto Orinoco, la sarrapia del Caura y el Oro de El Callao.
 Con Malva. "Dick Balatá Limited" pasaba a ser la pri­mera empresa privada gua­yanesa que admitía los ser­vicios profesionales de una mujer dentro de su área administrativa. Pero desa­justes económicos que le sobrevinieron a la empresa en 1920 decretaron su quie­bra y para Malvina no fue difícil entonces encontrar colocación en el Banco de Venezuela, donde llegó a ser Sub-Gerente con título de Auditor. Que para aquellos tiempos significaba tanto como ser hoy un experto administrador de finanzas.  Con este segundo caro, Malvina terminaba de abrir la brecha  para que la mujer guayanesa comenzara a vislumbrar un porvenir mejor dentro del campo del trabajo del hombre.
En 1925, después de 34 años de labor ininterrumpida y debido a un accidente, el Banco de Venezuela decidió jubilarla para que se fuera a Europa a restaurar su salud, pero el temor de morir en soledad la hizo desistir de una solución qui­rúrgica. Decidió entonces darle la vuelta a Europa en un automóvil Renault de cuatro caballos comprado en Caracas y que hizo poner en Lisboa donde emprendió su periplo para terminar vendiendo el auto en París perdiendo no mucho de los 3.500 bolívares que le había costado. La gira la cumplió en cuatro meses, pero para evitarse cargos de concien­cia, tuvo el cuidado de reco­rrer antes todos los estados de Venezuela.
Sin darle mucha importan­cia a la afección pulmonar que la aquejaba, retornó a Guayana para incorporarse de nuevo al trabajo ya como Comisaria del Automóvil Guayanés, Jefe de Relaciones Públicas de la Compañía Anónima Electricidad de Ciudad Bolívar, del Núcleo Bolívar de la Universidad de Oriente o samaritana del bien ajeno.
Malvina, además, fue excelente deportista. Tuvo en los tiempos de su juven­tud predilección por el tenis y la primera cancha de este deporte la fundó ella en lo que ha sido siempre el Club Deportivo Social "La Cancha" de la Avenida Táchira. En la construcción de la iglesia San Francisco de Asís y sostenimiento del Asilo de Ancianos San Vicente de Paúl,
Malvina, además, fue excelente deportista. Tuvo en los tiempos de su juven­tud predilección por el tenis y la primera cancha de este deporte la fundó ella en lo que ha sido siempre el Club Deportivo Social "La Cancha" de la Avenida Táchira. En la construcción de la iglesia San Francisco de Asís y sostenimiento del Asilo de Ancianos San Vicente de Paúl, Malvina aportó por lo menos una piedra que es más que un granito de arena, aunque no cargada en su antiguo cara­pacho de la tortuga arrau, pero sí en el temple de su corazón de mujer que en Ciudad Bolívar se atrevió a romper con unos cuantos esquemas, para lo cual, por supuesto, no había que temer ni tener miedo, Rafael Pineda lo dice muy bien en un largo poema dedicado a ella: "la primera que no tuvo miedo/de irse a trabajar, brazo con brazo, al mundo de la calle, con los hombres".
MARY CALCAÑO
Otra mujer que no tuvo miedo fue Mary Calcaño, aunque no pobre de origen como Malvina, pero se atre­vió a desafiar la audacia del hombre, volando por prime­ra vez un avión.
María Asunción o preferi­blemente Mary Calcaño, a las 10:10 de la mañana del 22 de febrero de 1940 sor­prendió a sus paisanos bolivarenses aterrizando el el aeropuerto de la ciudad su. reserva( propio avión Club adquirido en los Estados Unidos.     
Hija de José Antonio y Adita Calcaño, casado con la hija menor del médico Angel Ruiz cuyo nombre lleva el hospital central, la    atractiva Mary realizó un vuelo sin problemas desde su base en Maracay hasta Ciudad Bolívar con una breve escala en Barcelona.     
Sus estudios de aviación de los realizó en la Escuela 

sábado, 26 de marzo de 2022

DIÓGENES TRONCONE SÁNCHEZ




Diógenes Troncone Sánchez, fundador de varias instituciones educacionales públicas y privadas así como del gremio de Periodistas, del Colegio de Profesores y de la Asociación de Escritores de Venezuela, dejó de existir en la madrugada del sábado 8 de enero de 2005, a la edad de 75 años, pues había nacido el 12 de septiembre de 1928.
         Una personalidad muy peculiar evidenció siempre  la manera de ser de este hombre, acaso modelado por el constante ejercicio de la docencia que se tradujo en su relación con la gente y en sus escritos periodísticos, libre de eufemismos, directos, sin que por ello carecieran de la sazón de la sal, atenuada con la meliflua propiedad del azúcar. Tal vez por ello sus artículos  firmados con nombre propio se distinguían con el pre-título “Sal y Azúcar” y no como en sus primeros tiempos “Rompiendo la Zaranda”, que solía firmar con un seudónimo; no para ocultarse, sino en homenaje a la familia que lo había criado y formado como verdadero hijo, aunque los Maury venidos de Valencia, eran blancos y él tenía la piel algo quemada, buscando a su madre María Magdalena Sánchez, una culisa atractiva. De suerte que “El Negro Maury”, no era tan seudónimo porque toda la ciudad sabía de antemano de quién se trataba.
Pero quién en la Ciudad Bolívar de los años treinta y cuarenta iba a creer que él no era miembro de la prolífica familia Maury, si lo único que le faltó fue nacer ahí en esa casa de Santa Lucía o de la calle Amazonas y no abordo de una goleta como en efecto ocurrió el 12 de septiembre de 1928. Los Maury lo criaron y formaron  desde la edad de tres meses cuando su madre, maestra de La Urbana, falleció enervada por la tisis, mientras a su padre no llegó a verlo sino  en dos oportunidades. Quién iba a dudar, que estaba marcado con la impronta de los Maury; sin embargo, no era así y el día que cumplió quince años, debido a esa circunstancia, se sintió envuelto en terrible dilema. Cuando lo recordaba se le quebraba la voz.
 En la hora del almuerzo cuando llegaba a su casa al salir del colegio “La Milagrosa”, toda la familia se hallaba reunida en la mesa y para mayor e inquietante sorpresa su puesto de siempre a la izquierda de José María Maury, estaba ocupado.
-No te sorprendas, sabes qué fecha es hoy?
 -No.
-Pues hoy cumples quince años y es bueno que decidas si aceptas la adopción legal o si deseas continuar usando el apellido de tu padre.
Diógenes prendió su linterna y  encontró a aquél marino perdido en uno de los innumerables meandros del río. Prefería entonces continuar siendo con apelativo legítimo, fruto de la rama del tronco genovés de los Troncone, extendida del Mar Mediterráneo al lago de Maracaibo. De allí vino su padre de genio un tanto atravesado capitaneando una goleta que hizo anclar para siempre en el Orinoco. La última vez que lo vio tenía doce años y luego se  perdió en la bruma del río, pero él quedaba bien protegido y siempre inclinado a seguir los pasos de la madre. Así lo encontramos en la “Miguel Antonio Caro” de Caracas donde se hizo maestro normalista, yendo obstinadamente contra la corriente de quienes confundían intereses facciosos con los intereses del Estado. Recién graduado realizó un curso de folclorología en la Universidad Central de Venezuela y con ese bagaje y junto con otros compañeros egresados se vino para Ciudad Bolívar a trabajar en el recién inaugurado Grupo Escolar Mérida, entonces dirigido por el profesor Alfonso Paraguán.
La Seguridad Nacional
Se inició como maestro en octubre del 49 y allí en el Grupo permaneció hasta diciembre del 55 cuando la Seguridad Nacional le pidió abandonar la ciudad por haber escrito contra la Dirección de Educación del Estado. Claro, Diógenes, además de docente ejercía el periodismo como corresponsal del diario La Calle y redactor del Semanario “El Tiempo”, que dirigía monseñor Dámaso Cardozo.
Gomecito, el jefe de la Segurnal, no lo perdonó, era pluma muy ácida y Troncone tomó el autobús de la ABC y se instaló de nuevo en Caracas, coincidencialmente en la posada de una guayanesa que conoció vendiendo empanadas en el puerto de las chalanas. Qué podía hacer  la AVP que en septiembre de 1951 había fundado junto con Eliécer Sánchez Gamboa, su primer presidente? Nada podía hacer en defensa ni tampoco el gremio magisterial porque no había libertad de expresión ni de reunión ni de nada, casi todos los derechos ciudadanos estaban conculcados.  En Caracas no sólo trabajó como docente y periodista, sino que estudió y se graduó de bachiller en filosofía y letras en el liceo Alcázar y realizó cursos de corresponsal en el Instituto Santos Michelena y de Relaciones Públicas en la Universidad Central. La expulsión fue relativamente corta. Apenas tres años al cabo de los cuales cayó el dictador y Troncone, luego de estudiar, y trabajar como docente en el Grupo Escolar “El Libertador” de Chacao, en la Escuela “Martínez Centeno” de Miranda, como subdirector en el Instituto de Comercio “Simón Rodríguez” de Puerto Cabello y redactor de los diarios “La verdad” y “El mundo”, retornó a Ciudad Bolívar como subdirector del instituto de Comercio Dalla Costa y docente del Centro de Profesionalización. Tan Sólo por un año, tiempo suficiente para recrearse en los rostros deprimidos de quienes lo sacaron de su tierra por una simple nota de prensa y para encontrar novia y casarse. Contrajo matrimonio con Rosario Goudet, una upatense alumna en el liceo Sucre, que también se realizó como docente como él y tuvo además puros varones, hoy todos profesionales.

Margarita le vino de perla
En 1969, Margarita le vino de perla para su luna de miel, pues el Ministerio de Educación le pidió fundar y dirigir el Instituto de Comercio Juan Bautista Arismendi de la Asunción. Allí mi maestra de cuarto grado Nuncia Villarroel le sirvió de secretaria. Al cabo de cuatro años está de nuevo en Caracas como profesor técnico comercial en el Instituto de Comercio de El Valle, en el Santos Michelena, en el Simón Bolívar de Caracas y como redactor del vespertino “El Mundo”. Su estada en una capital como Caracas tan llena de posibilidades para el estudio la aprovechó intensamente cada vez y en esta ocasión logró estudiar y graduarse como profesor de Historia y Geografía Simultáneamente estudiaba también Derecho, pero no lo concluyó por ciertas presiones con relación al futuro ejercicio de la abogacía y también porque el Ministerio le pidió volviera a Ciudad Bolívar para dirigir el Instituto de Comercio Dalla Costa. Eso ocurrió en 1970, entonces le dio por fundar colegios, buscando, estabilizarse. Así fundó el Liceo Sucre en Ciudad Bolívar, el Liceo Ana Emilia Delon en Maturín, el Instituto Gonzalo Méndez en Puerto Ordaz, la Unidad Educativa El Colegión y por último el colegio Pensamiento Bolivariano. Ese año cuando llegó a Ciudad Bolívar para quedarse de una vez, concursó y ganó el segundo premio del certamen promovido por el Ministerio de Fomento con motivo del XI Censo de Población. Ya antes en 1962, con motivo del Bicentenario de Ciudad Bolívar había ganado el tercer premio de un concurso promovido por la Logia Asilo de la Paz Nº.13. El primer premio en esa ocasión lo ganó  Manuel Alfredo Rodríguez. Troncone tiene varios libros inéditos entre ellos, El Correo del Orinoco, La nueva Educación en Europa, La Opinión Pública, Perfil de Liderazgo, La Comunicación Insonora y la Pedagogía de J. F. Reyes Baena, los cuales respaldan su condición de miembro de la Asociación de Escritores de Venezuela, Seccional Ciudad Bolívar. La AEV le publicó un opúsculo sobre “Canaima”, la novela de Rómulo Gallegos. No obstante haberse especializado en Historia y Geografía nunca dictó en aula esta materia, en cambio ejerció como profesor de Filosofía y Psicología, porque tuvo muy buenos profesores como Ignacio Burn.
En diálogo en vida me dijo no ceer en la resurrección no obstante ser socialcristiano. “El que muere ya cumplió su hazaña vital, me dijo. No hay segunda vida. De esa ilusión yo no vivo, soy escéptico en tal sentido como bien lo soy al no creer en esoterismo, brujería, espiritismo y prácticas por el estilo. Soy realista sin llegar a ser materialista, por esa razón no quise seguir la carrera de abogado. Habría tenido que renunciar a las cosas que espiritualmente me llenan.

Calderista hasta los tuétanos
         Ciertamente, Diógenes Aristóbulo Troncone Sánchez, perteneció desde su tiempo de estudiante al partido socialcristiano COPEI y se marginó cuando Caldera decidió montar tienda aparte para aspirar por segunda vez a la Presidencia de la República. Su ídolo era Caldera y en él creía a pie juntillas y defendía a capa y espada su  gestión. Si Caldera no hubiera sido presidente de la República, Venezuela habría sido un caos. Caldera se estrenó con un severo crack bancario que pocas veces se ha visto en el mundo. Le prepararon un golpe económico que fue difícil de contrarrestar en todas sus consecuencias. La gran empresa es la que gobierna. Recordaba que  a Pérez Jiménez no lo tumbó la Charneca sino los bancos y el poder económico.
Creía que la educación en este país es francamente un caos. Existe una desmoralización y carencia de ética profesional increíble. No tenemos profesores y maestros sino dadores de clases, en su mayoría. Y sobre las nuevas promociones de periodistas decía que no prometen mucho, se están quedando en lo rutinario y dependiendo de los boletines institucionales de prensa, de allí que algunos periódicos salgan tan uniformados. La noticia hay que profundizarla y la metodología del periodismo interpretativo es una buena vía. Otro de nuestros males es el palangre, del cual tiene marcada responsabilidad el Colegio que tanto ha legislado sobre el particular, pero que hasta ahora ha sido incapaz de aplicar estrictamente el Código de Ética. Lo mismo se puede decir de la piratería. Tenemos directivas que sólo responden a los intereses facciosos, de allí que el colegio ande tan mal como el gremio magisterial. Troncone era un crítico por naturaleza y nunca dejó de escribir diciendo sin ambages lo que sentía y lo que pensaba, ni siquiera a su edad septuagenaria se aplacaba. Decía que sentarse a escribir costaba, pero una vez que se sentaba ante la máquina, todo -como dice Adriano González León, todo le era fácil, las ideas venían en torrente, pero lo importante era sentarse y ponerle un poco de sal a la vida.





CRISANTO MATA COVA

Crisanto Mata Cova, arzobispo emérito de Ciudad Bolívar, falleció el 9 de enero de 1998 en su pueblo natal de San José de Aerocuar, Estado Sucre. Sus restos fueron trasladados e inhumados en la Catedral de Ciudad Bolívar, a la que sirvió como su segundo Arzobispo durante veinte años (1966-1986).



Monseñor Mata Cova:
LA JUSTICIA HUMANA SE VENDE  POR CUATRO CENTAVOS
Siempre el que  padece y perece es quien menos posibilidades de defenderse tiene
-Américo Fernández-

¿Odiar?
-Jamás he sentido odio por nadie
Monseñor Crisanto Mata Cova,  reconoce que es nervioso, rápido y muchas veces sin meditar lo que va a decir lo dice violentamente,  pero ¿odiar?
-Jamás he sentido odio por nadie.  La única manera de aceptar esta forma del verbo es que la primera letra sea transformada en “s” y añadida al final “porque Dios en todo caso está conmigo. Nunca me ha abandonado”.
Alto como una espiga, Monseñor dice tener un “negocio con Dios”.  Por eso nunca lo abandona.  Lo expresó con gracia y picardía cuando le preguntamos cómo siendo 60 la expectativa de vida del venezolano, él la ha superado.
Monseñor tiene setenta años, una edad respetable para quien lleva 46 dedicados a un sacerdocio que es renunciación, sacrificio, dedicación, obediencia, servicio, entrega, desprendimiento, en fin, tantos dones que se tienen por sensibilidad y se practica por vocación en aras del bien, la igualdad, la justicia y la salvación espiritual que fue siempre la obra de Jesús, ejemplo de Dios para la humanidad.
         El Derecho Canónico establece que a los 75 años de edad los prelados deberán poner su cargo eclesiástico a la disposición de la Santa Sede, pero Monseñor Mata Cova no ha esperado el límite sino que antes ha querido renunciar para que le quede tiempo de hacer alguna obra social y espiritual por San José de Aerocuar, su pueblo natal de Sucre que le aguarda con los brazos abiertos.  Pero cuando llegue allá seguirá siendo Arzobispo, dignidad que no se pierde a pesar de la renuncia y no el curita que siempre quiso ser, el Cura Párroco del Valle del Espíritu Santo, montando un burrito o bicicleta por aquellos arenales y caminos angostos de la Paraguachoa de la década del cuarenta.
         Pero imposible que se vaya a quedar allá en el Este carupanero respirando montaña y brisa de mar por lo que resta de vida.  Los hombres con tanto ánimo y fortaleza espiritual claudican así nomás porque el Derecho Canónico parezca no coincidir con Arturo Uslar Pietro cuando reflexiona diciendo que no se es joven, no viejo sino que se está vivo.
         ¿Usted está vivo Monseñor?
         Monseñor se sacude y se levanta y recorre su Biblioteca de un extremo a otro orgulloso de su obra.  Nos enseña los volúmenes de la Academia de la Historia que ha ido empastando. La Biblioteca tiene su misma edad de Arzobispo.  A esa dignidad llegó después de ser prelado de la Diócesis de Cumaná durante dieciséis años.
         ¿Cómo va a quedarse recogido en Aerocuar si cada pueblo de ese yunque geográfico que es la región de Sucre sabe de su bondad de sacerdote. Y sus Indios.  Aquellos Panare que a buena hora encontraron en Las Claritas un ambiente más digno que el que suelen ofrecer los buscadores de oro y diamante por los mantos del Caura y Cuchivero?
         Monseñor se nos queda viendo fijamente a través de sus grandes lentes, sentado de espalda al haz de luz de la mañana que entra por las ventanas.  Nos ve como queriendo decir “una cosa es lo que aparento y otra cosa es lo que llevo bajo mi piel”
         -La procesión anda por dentro, hijo mío.
         ¿Le atormenta los estragos internos de la edad que le asienta tan bien a pesar de ella misma?
         -Lo cierto es que muchos compañeros de mi generación han muerto y es bendición de Dios el que yo ande por aquí no obstante que desde mi vida de sacerdote he estado amenazado por la úlcera duodenal que me produce fuertes dolores agregado a este clima, el ajetreo, la malaria, la alergia y tantas  otras cosas.
         Pero lo importante es que estás vivo y vivirá más ¿no lo cree?
Monseñor prefiere reír antes que se le quiebre la voz:
         -Yo creía después de recibirme de sacerdote que sólo viviría tres años más a causa de las úlceras., pero ya ve, Papa Dios no ha querido hasta ahora recibirme.
         Diría que está usted  como Santa Teresa muriendo porque no muere.
         -Para mi la muerte es esperanza.  Una de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.  Nos mantenemos en pie luchando las 24 horas del día, siempre alentado por esa esperanza,
         Entonces,  ¿la esperanza es vida?
         -La esperanza es vida porque la vida es Jesucristo que resucitó y está en la morada del Padre que va a recibirnos después de la muerte.
         ¿Si nos portamos bien?
         -Si alguien desobedeciese a Dios, entonces iría a la paila que tú sabes existe.
         ¿Existe de veras la paila, existe el infierno?
         -Siempre se ha pensado en el castigo posterior a la muerte.  No hay una cosa más clara en el Evangelio de Jesucristo que la existencia del Infierno.  Desde los mismos tiempos paganos se habla de un castigo posterior a la cesación de a vida.  Y ciertamente que tiene que ser, tiene que haber un castigo superior para aquellos hombres que desgarran a la humanidad, que la empobrecen, que la postran, la humillan y la ofenden.
         ¿Cómo van a morir incólume sin que la Justicia caiga sobre ellos?
         -Existe una parábola, la del pobre Lázaro y el rico Espolón, en la que siempre medito porque nos hace tomar conciencia de esta realidad, la realidad de que tiene que haber una justicia divina porque la humana es demasiado frágil.  La Justicia humana se vende por cuatro centavos y siempre el que padece o perece es el que menos posibilidades tiene.
         Si existe ese castigo divino implacable ¿Por qué el mundo continúa en una carrera irrefrenable hacia el mal, hacia la injusticia, la corrupción, la humillación, la guerra. ¿Será que ha fallado el poder de persuasión de la Iglesia?
         -La Iglesia somos nosotros y nosotros no somos consecuentes con la fe que profesamos.
         ¿Será entonces por el castigo a esa inconsecuencia que la mayoría de la gente siente temor a la muerte?
         -El que es buen cristiano no tiene porque temerle a la muerte. 
         ¿Pero Jesucristo estremeció de pánico en el Puerto de  Getzemani?
         -Y hasta sudó sangre y por eso no es extraño que nos ocurra a nosotros.  Lo que pasa es que es un momento único de la vida y no hay razón para que uno no se sienta deprimido, sobre todo ante la incertidumbre de no saber cómo nos va a tratar Papa Dios.
         ¿Cómo cree que lo tratará Papa Dios?
         -Hago todo lo posible para que me reciba en gracia.
         ¿No cree que ser Arzobispo ya es bastante?  ¿Dígame los que no llegan ni a monaguillo?
         -No es necesario ser Monaguillo ni Arzobispo, lo importante es ser buen cristiano.  Cuesta menos que ser arzobispo.
         ¿Le ha costado mucho ser Arzobispo?
         -Nunca he tenido vocación para el obispado ni mucho menos para el arzobispado, de tal forma que cuando me enteré que me iban a nombrar Arzobispo de Ciudad Bolívar me huí, cosa rara, porque todo el mundo quiere canonjías y ascensos.
         ¿Cómo es eso que se huyó?
         -Después del concilio vaticano en 1966 que me enteré de que sería designado Arzobispo, me fui para Jamaica y allí estuve sin que supieran de mí durante un mes.  Cuando creí que ya todo había pasado, regresé a Cumaná y una vez allá me precisaron y se impuso la disciplina y la obediencia.
         ¿Y porque no quería ser Obispo ni arzobispo?
         .Porque los Arzobispos deben amoldarse a ciertos patrones sociales de conducta y yo soy como dicen los margariteños “hombre de colcha y cobija”.  A mi me gusta andar a pie, montar en bicicleta, en burro y en camiones.
         Monseñor recuerda que el doctor Sixto Sosa, quien fue Obispo de Ciudad Bolívar y Cumaná, le llamaban la atención porque montaba en autobús, por eso no quería yo acepar ser Arzobispo y además porque sufría de úlcera.  Pero entonces de allá arriba me respondieron “haga lo que quiera, pero acepte”.
El 30 de abril de 1966 fue nombrado segundo Arzobispo de Ciudad Bolívar en sustitución de Monseñor Juan José Bernal, y el 9 de julio del mismo año tomó posesión en medio de una gran manifestación popular exhibiendo en su escudo el lema “hagamos bien a todos”.
Han transcurrido veinte años y Monseñor Mata Cova calza ya los 70.  Se siente fatigado y quiere retirarse a tiempo.
Quiero, en beneficio de la alternabilidad darle paso a otros prelados más jóvenes, por eso he renunciado, ya por tercera vez.  La carta de renuncia la cursé en septiembre, día de la Virgen del Valle, con la esperanza de que fuese aceptada como ha sido en fin para tranquilidad personal y de ustedes que me han soportado tanto tiempo.  Tengo mucho que agradecerle a Guayana, todo ese cariño que me ha brindado, especialmente a los medios de comunicación todos  y a los periodistas que han sido tan receptivos conmigo.
¿Luego de esta renuncia, qué piensa hacer, Monseñor?
-Me voy por un tiempo a mi tierra natal, a tratar de hacer algo por ella, no a descansar porque yo no se descansar.
¿Cuándo sería exactamente?
-Voy a estar aquí prácticamente dos meses, más que el tiempo canónicamente señalado para que el nuevo Arzobispo tome posesión, me refiero a Monseñor Medardo Luzardo Romero, actual obispo de la Diócesis de Ciudad Guayana, un prelado joven, simpático, oriundo de los Puertos de Altagracia del Zulia.
¿Se dio ya el nombramiento y consentimiento del Gobierno?
-El nombramiento salió y el consentimiento lo ha dado el Presidente de la República de acuerdo con el Modus Vivendi.
¿El Arzobispo tiene sólo jurisdicción en Ciudad Bolívar?
-Una de las provincias eclesiásticas más grandes de Venezuela es la oriental.  Toda las regiones del Oriente son primos interpares y la presidencia la sustenta el Arzobispo, quien interviene en algunas cosas sin que esto afecte la autonomía de cada diócesis. Ellas dependen sólo del Papa.  Por eso la Catedral de ciudad Bolívar es metropolitana.
¿Su renuncia se puede entender como un retiro a la vida privada?
-Naturalmente, ya yo no tengo jurisdicción aunque siempre seguiré siendo el arzobispo.
¿Quiénes están hoy en su misma situación?
-Monseñor Críspulo Benitez, de la arquidiócesis de Barquisimeto; Monseñor Ángel Pérez Cinsneros, Arzobispo de Mérida y Monseñor Iturriza, quien ha sido por muchos años obispo de Falcón.  Hay también dos Vicarios capuchinos en el Delta.  La única diferencia es que ellos han llegado al límite de edad y yo me he adelantado antes del tiempo.
¿Quién será el nuevo obispo de ciudad Guayana?
-La Nunciatura ha abierto un período de consultas.
Durante estos veinte años qué paso en este costado del Orinoco ¿qué es lo que más lo llena de satisfacción?
-Lo más grato es haberme metido de lleno en las Misiones Indígenas y logrado que un grupo de religiosas hayan penetrado la selva para trabajar por los indios los 365 días del año.
Monseñor habla también de su labor en el campo educacional, del Colegio Cristo Rey, de la reconstrucción de la Catedral, de la organización del archivo y Biblioteca Arzobispal y de tantas otras obras para lo cual necesitaríamos mas espacio.  Aguara en estos dos meses que le restan, construir la Iglesia del Perú y convertir Morichalito, zona de campo del arzobispado, en un geriátrico para personas de la tercera edad, de esa edad que ahora lo atormenta y que lo hace renunciar para buscar la paz fuera del ruido mundanal e hirviente de la ciudad.  Monseñor Crisanto Mata Cova, señor arzobispo de la ciudad, quiere estar solo, desea la soledad del mar o de la montaña porque en los misterios del agua y de las savia parece encontrarse el primer escalón para llegar a Dios.  

Ancla central


  Crisanto Mata Cova
(1966-1986)

         Monseñor Crisanto Darío Mata Cova, segundo Arzobispo de Ciudad Bolívar, nació en un lejano pueblito de San José de Areocuar, Estado Sucre, el 25 de octubre de 1915. Curso los primeros estudios en los Seminarios de Cumana e Interdiocesano de Caracas, pasando luego a Roma, al Colegio Pió Latino Americano. En la Universidad Central de Venezuela recibió el titulo de Doctor en la Facultad de Ciencias Eclesiásticas. Su ordenación sacerdotal ocurrió en Roma el 8 de abril de 1939 después de desempeñar varios cargos en su Diócesis, como el de párroco del Valle del Espíritu Santo, fue electo Obispo de Cumaná el 21 de octubre de 1949.  Consagrado Obispo el 13 de noviembre del mismo año, tomó posesión de la Diócesis el 19 de noviembre. El día 30 de abril de 1966 fue nombrado segundo Arzobispo de Ciudad Bolívar, tomando posesión de la Arquidiócesis el 9 de julio de ese mismo año, con el lema de su escudo “Hagamos bien a todos”
         Gobernó la Arquidiócesis de Ciudad Bolívar durante veinte años. En agosto de 1986 la dejó tras haber renunciado por cuestiones de salud. El 6 de agosto de 1986, Monseñor Mata Cova entregó el Arzobispado a su sucesor Monseñor Medardo Luzardo Romero, en solemne ceremonia oficiada en la Catedral. Entonces se despidió con estas palabras: “Os dejo unas campanas en vuestra torre, cuando oigáis salir de sus vibraciones el himno de vuestro estado, orad por este humilde sacerdote, quien muy lejos de esta queridísima catedral, os estará siempre bendiciéndolos. Quiero  que los latidos de mi corazón sean siempre un recuerdo de amor y gratitud hacia todos ustedes. Adiós mis pobres indígenas”.
         Monseñor Crisanto Mata Cova falleció en su pueblo natal San José  de Aerocuar, Estado Sucre, el 9 de enero de 1998 y sus restos trasladados e inhumados en la Catedral de Ciudad Bolívar, a la que sirvió como segundo Arzobispo durante veinte años. Fue sepultado el domingo 11 al pie del altar de la nave izquierda luego de las exequias oficiadas por el Arzobispo Monseñor Luzardo Romero, acompañado de los prelados de Ciudad Guayana, Cumaná, Margarita, Maturín y Barcelona.
         Durante su arzobispado el Papa Juan Pablo II creo la Diócesis  de Ciudad Guayana,  en agosto de 1979 por Bula Cun Nos y como primer obispo de la nueva Diócesis, fue designado Monseñor Medardo Luzardo Romero, hasta entonces obispo residencial de San Carlos, Estado Cojedes y Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral y Catequesis.


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JEAN ARISTEGUIETA

           


El viernes 8 de enero  (2016) por la tarde, falleció en Caracas la poeta y ensayista  bolivarense y miembro correspondiente de la Academia de la Lengua por el Estado Bolívar y de la Real Academia Hispanoamericana de Cádiz. jean Aristeguieta, nativa de Guasipati y hermana del fundador del Jardín Botánico del Orinoco doctor Leandro Aristeguieta         Jean falleció a la edad de 94 años, pues había nacido el  31 de julio de 1921.
La brillante y prolija  intelectual, autora de más de 40 libros y colaboradora y fundadora de varias revista literarias, era hija de Simón Aristeguieta y Panchita Capella.  Estudió  junto con su hermano, el botánico Leandro Aristeguieta, en su pueblo natal y luego en Ciudad Bolívar y España donde se licenció en ltras en la Universidad de Madrid.junto con los fundadores e  integrantes del grupo literario surrealista “Aureoguayanos”  que tuvo como centro de reuniones la Plaza Bolívar de Ciudad Bolívar, a donde de vez en cuando se asomaba el joven Jesús Soto, quien llegaría a ser pionero del arte óptimo universal.
Jean publicó sus primeros poemas en la revista “Alondras” del Ateneo de Guayana, fundada por la maestra y poeta Anita Ramírez y ya radicada en Caracas despunta con más soltura en las página de Lírica Hispana  y diario “El Heraldo” que luego incorpora en sus primeros libros (1949) Abril y ciclo marino y Alas en el viento.
En Madrid (1967) donde estudió estilística y literatura antigua y moderna, fundó  “Árbol de fuego”, revista de poesía y crítica literaria cuyas ediciones continuarán en Caracas a partir del número 4.
Jean Aristeguieta ha trascendido con más de 40 obras, varias de ellas acogidas y traducidas al griego, francés, hebreo, inglés, italiano, ruso y portugués.  Su poesía, fuera de sus libros,  aparece comentada en numerosas publicaciones nacionales y extranjeras. En 1979, Ediciones Ronda de Barcelona (España), publicó una Antología de su poesía (Ebriedad del delirio”) preparada por ella misma pensando que “debe ser el poeta quien a lo largo de todos los ciclos asuma la responsabilidad de realizar la escogencia de su labor”.
En el prólogo de esta Antología, José Jurado Morales, exalta la personalidad viajera, tímida y hermética de Jean Aristeguieta, cuyo “ámbito poético es de tanta extensión y de tanta profundidad que al contemplarlo uno queda atónito”.
La sensibilidad poética de Jean Aristiguieta, según confesó ella en cierta ocasión, comenzó a manifestarse cuando tuvo por primera vez contacto con el Orinoco y vio una goleta en travesía ostentando el nombre de “Safo”, poetisa griega del siglo siete antes de Cristo que descubrió en la biblioteca de su maestra Anita Ramírez.
Contó ella  que se estremeció en una exégesis mítica.  A esa visión se sumaron después otros episodios existenciales que la llevaron a manifestarse y a convencerse de que había nacido para vivir plenamente en el mundo de la poesía:   la trágica muerte, a los siete años, de su hermana Sonia, a quien adoraba y lo que una vez le reveló una quiro­mántica.  Ella le afirmo que era una auténtica poeta., que escribiera. Fueron  como presagios que la impulsaron a realizar intuitivamente, ideas-sentimientos.
Cuando de Guasipati se vino junto con su hermano Leandro a vivir y estudiar en Ciudad Bolívar, conoció a la maestra Anita Ramírez.  Fue ella su  primera guía espiritual a través de sus enseñanzas, además poniéndole a la orden su biblioteca presidida por los clásicos españoles.
La maestra y poetisa bolivarense disfrutaba lo que escribía y la condujo a un acto aca­démico en la Casa donde se realizó el Congreso de Angostura, para que leyera algunas  de sus creaciones. Era una convención nacional de maestros presidida por Luis Beltrán Prieto Figueroa, quién después de escucharla con atención comentó que así como había una Juana de América Jean podría llegar a ser Juana del Orinoco.  Se refería Prieto a Juana de Ibarbourou, a quien al paso del tiempo Jean Aristeguieta habría de conocer personalmente en Monte­video y ha sido una de sus grandes amistades.
En esa ocasión, Prieto hizo publicar algunos de sus poemas en la página literaria  del diario  “El Heraldo” dirigido en Caracas por Pedro Grases.
Una antología de su obra, bajo el título de “Ebriedad del delirio” (1954-1979) fue publicada por la Editorial Rondas de Barcelona, España, con La siguiente  presentación de los editores: “PARABOLA HUMANA TRASCENDIDA  Jean Aristeguieta desde la adoles­cencia consagrada por ímpetu fer­viente a la poesía, «al culto de las Musas» como se decía en los cánones románticos. Ella misma se ha refle­jado como una romántica surrealista o viceversa.
Exploradora de los enigmas, filo­nes, de la actividad poética, ha resi­dido siempre en los montes de la vida donde todo se da —hasta la consumación— por la fe visionaria.
En la dilatada extensión de su obra creadora Jean Aristeguieta ha llegado al punto en que necesitaba hacer una «Antología» en la cual ella misma fuera juez y parte. Porque nadie en poesía como quien la oficia, para calibrar, comprender y abarcar las vertientes de ese amoroso esfuer­zo permanente. Esta idea llegó al punto en que la interrogante del planteamiento por las estancias ima­ginativas —pues este ejercicio es de orden emblemático—, necesitó y as­piró situarse en el ámbito de la auto­determinación: debe ser el poeta quien a lo largo de todos los ciclos asuma la responsabilidad de reali­zar la escogencia de su labor.
Desde hace tiempo a Jean Ariste­guieta le ha obsesionado el dilema de que su fe consciente, su religión en —por— para la poesía fuera a quedar a mercad de otros criterios en el instante de cumplir un trabajo catalogador de la obra hecha. Así pues, con auténtica plenitud asumi­da por su propio discernimiento ha acometido el presente empeño de imprimir lo que ella considera níti­damente su legado hasta este año de 1979. Es un memorial abierto frente a la vigilancia del daimon sacrali­zado, intuición e intelección, ante cuyo fondo, otros textos publicados que no estén insertados aquí, deben considerarse ilegítimos, por deseo implícito y explícito de Jean Aiste­guieta.
Está ante su convicción y derecho indeclinables. En la hora de todas las responsabilidades, ilusiones, nos­talgias, está inmersa en la «ebriedad del delirio». Allí, desde esa pulsación identificada con su voluntad, debe recibirse este libro que compendia el espiritualismo de su realidad.
No solamente tacha, olvida, deja a un lado, las demás composiciones que no aparecen en esta edición, sino que las da por totalmente clausura­das. En consecuencia, ruega atender esta posición estética cuyo símbolo es su propia existencia consagrada al fuego del misterio poético. Como una digna parábola humana, tras­cendida.
Para el futuro que Dios quiera, queda su «libro inacabable», ya que su entrega al quehacer poético fun­ciona entrañablemente”.

Despedida 
La Aurora no quiso tocar el día con sus rosados dedos. Se puso un guante, un guante viejo y transido de dolor. Brisa y humo de otros recónditos lugares nos convocan. Brisa de un mar abierto, lleno de peces, un mar que no da cosecha, pero lleva a islas y playas ignotas o cercanas. La arenosa Pilos. Ítaca, la tierra a la que se llega tras anfractuosos viajes. El Olimpo sagrado donde Zeus tonante y Pallas Atenea, la de ojos siempre brillantes, Febo Apolo, Artemisa y Hermes nos aguardan. Y Lesbos, la isla de la barca que Jean vio en el Orinoco.
Acaya, la Hélade clásica, ha querido desviar los ríos brumosos que corren por el Hades y abrir un resquicio de luz, con rosas que brillan como coloridas botellas en cuadros que engalanan y perfuman, para recibir a una musa guayanesa que hoy nos deja y no nos deja, porque -como la poesía y la literatura- es y no es, viaja y no viaja, pero siempre brilla, Jean. Árbol de luz. Árbol de fuego. Árbol de vida y no mera ciencia.
Jean nos deja porque tiene que reencontrar otros brazos, otros labios, y oír otras palabras, voces niñas, voces adolescentes, voces de madurez y plenitud. Jean nos deja porque quiere estar siempre con nosotros estando con Aquel a quien ya intuían los moradores del Olimpo y quienes, reverentes, les ofrecían hecatombes o libaciones. Jean nos deja porque quiere besar a los suyos en la bruma de la tarde, los seres queridos, las manos que pintaban y volvían a pintar su mundo y el mundo de los vivos, de esos que aún respiran o están vivos porque permanecen en el recuerdo. Jean nos deja porque su obra se hizo grande y venturosa, clásica, como las columnas y arquitrabes del templo de Atenea, como las uvas que producen dulce vino o los hornos que cocinan suave el pan. Clásica como la música de los poemas más antiguos, clásica como la antigüedad escondida en las piedras y en las voces casi invisibles que pueblan la selva de Guayana, Jean nos deja porque su frente lleva los diplomas, los títulos, las dignidades académicas, los sobrados méritos de una anciana siempre juvenil en la evocación y el amor. Jean nos deja porque otros mundos, sus mundos, otras almas, las más amadas, la llaman, la esperan, la celebran, en el Absoluto canto de querubines, tronos y principados. Jean nos deja para que la vida continúe en sus versos, en su pasión, en su huella.
Y por eso mismo Jean no nos deja. No puede dejarnos quien deja tantos libros, tantos poemas, tantos ensayos, tantas cartas, tantos números de revistas bellamente editados. No puede dejarnos quien deja una obra tan densa, cartas tan hermosas, gestos, sonrisas, anhelos, deseos. No puede dejarnos quien nos deja también preces e invocaciones al Señor de los tiempos y de la luz, de la luz eterna. No puede dejarnos quien amó junto al Ávila (que sus coterráneos más antiguos llamaran Guarira Repano) y más allá de las columnas de Hércules, en las tierras arcaicas del olivo y el laurel. No puede dejarnos quien viajó amando, escribiendo y dedicando sus versos al sentimiento más sublime. No puede dejarnos quien, como Safo, se entregó al oficio de orfebre de la palabra y la pasión. No puede dejarnos quien, como Whitman o Lorca, buscó playas más nítidas para cantar. No puede dejarnos quien, como Kavafis, entendió con exquisitez y excelsitudes el sentido de la tradición y la esencia de lo clásico. No. No puede dejarnos quien como Homero no necesitó luces en los ojos para sentir el resplandor de los dioses, las finuras de las diosas, de seres inmortales que tomaban figuras humanas, pinceles del amor. No. No puede dejarnos alguien que escribió testamento tan hermoso: versos, prosas, pensamientos. No.
En mis días adolescentes, en mis momentos juveniles, el nombre de Jean Aristeguieta era un lucero inalcanzable, un placer de lectura, éxtasis puro. Nada me decía entonces que más tarde, no en la tarde sino en la plenitud del mediodía, en el pináculo del plenilunio (porque la vida es noche, por ser sueño y anhelo) tendría la bendición de oír la voz de Jean, voz de Guayana y voz de Grecia, en un hogar bendecido por el amor y el recuerdo, y de besar sus manos de poeta, sus manos hechas poesía, a la par que mis ojos se deleitaban en las formas, colores y luces de mil tonos que brotaban, que brotan, de los cuadros de Elvira Senior. Pocos regalos como ese, poquísimos como saber que Jean, que Jean Aristeguieta, que doña Jean Aristeguieta, dama de la poesía y las letras universales, oyó mis –ante ella- balbuceantes palabras y leyó mis –ante las suyas- torpes líneas. Gran regalo del Cielo, cuyas puertas imploro abiertas para esta mujer que nos deja y no nos deja, que se va y no se va porque siempre ha de volver, como mujer de letras, como poeta, como mujer hecha por y para el amor.
Jean, nos dejas el camino, nos abriste el camino, entre tantos peñones como Escila y Caribdis, como tantos seres sobrenaturales metamorfoseados en piedra en los ríos y raudales de la Guayana, en sus selvas, como esos dioses y diosas que tanto amaste con palabras que se lleva el viento, que nos las trae y siempre ha de traer.
Nos dejas y no nos dejas. Te vas y no te vas. Tu alma siempre, como Tiresias, acaso, nos alumbrará los caminos, nos dirá las señas para llegar a los más ansiados amaneceres, a los incansables en su rubor dedos de la Aurora. Tus palabras, Jean. Tu ejemplo, Jean. Tu amor, Jean. Tu entrega, tus voces, tus silencios, tus páginas todas, escritas a máquina o con la ambrosía caligráfica de tus lápices tornados pinceles y poemas en los cuadros del amor y la admiración por el más puro sentimiento que, junto a la idea de lo divino, una o muchas, no importa, nos hace humanos.
Vivirás entre nosotros, Jean. Regresa a Ítaca. Allí, ahora, lo sabes, te esperan, derrotados los impertinentes que asediaban el palacio y el amor que resplandece en tu obra, tras dibujar y desdibujar el cuadro del infinito anhelo. Viaja tranquila, Jean. Los vientos te sean, te serán, favorables.
Mil veces seas bendita, poeta.

Horacio Biord Castillo



San Antonio de Los Altos (Gulima), a 9 de enero de 2016