domingo, 13 de diciembre de 2015

ALEJANDRO VARGAS


Bardo guayanés del siglo veinte que trascendió nacionalmente con sus populares aguinaldos La Casta Paloma y La Barca de Oro.  El famoso Quinteto Contrapunto lo descubrió de la mano con Juvenal Herrera y popularizó composiciones que hoy son patrimonio cultural de Venezuela.
  
El 10 de agosto de 1892 se metió el rió hasta cubrir la Piedra del Medio y el 13 de noviembre, día de San Diego, nació el hijo de Julia Vargas y del albañil trinitario, Luis Baptista, en calle de la capotera donde nacieron sus otros tres hermanos, muertos antes que el.
En la capotera  o calle Peñalver vivía la longeva y hacendosa Julia Vargas cocinando y lavando para los constructores del dique con el cual el Gobierno pensaba detener las periodistas embestidas del Orinoco, por el lado de la laguna del medio y los francos. Allí, entre el canto del manduco utilizado para estregar la ropa y el regusto del típico condumio nació un romance entre el trinitario y la guayanesa, que dio lugar a uno de esos raros ejemplares de la juglería criolla.
El Dean de la Catedral Monseñor Juan Francisco Avis lo bautizo con el nombre de Alejandro porque según la cuenta de la madre Julia Vargas, estuvo concebido el 26 de febrero, día de San Alejandro, patriarca de Alejandrina. Posteriormente Monseñor Antonio Maria Durán lo confirmó y así el negrito del barrio de la Capotera quedó libre del pecado original.
En agosto de 1943 cuando en Orinoco volvió a rebasar sus fronteras, no quedo Capotera para nadie y muy cerca del Convento San Francisco y el barrio de los Culíes, donde los negros mezclados con  hindúes habían formado una especie de ghetto de hermandad y solidaridad bien pigmentado, fueron a parar los damnificados, entre ellos la familia Vargas. Ya para la fecha Luis Baptista estaba muerto y Julia Vargas se había quedado lidiando con sus muchachadas hasta la avanzada edad de 103 años.
Desde muy temprana edad Alejandro incursionó en la pesquería, especialmente en la temporada de agosto cuando al terminar la crecida del Orinoco, la ribazón de sapoaras, coporos y bocachicos deparaba buen sustento. Este oficio,  casi natural de la gente que vive a orillas del río, lo alternaba con el de pintor de brocha gorda cuando no con el vendedor de frutos y chinchorros de moriche. De esas vivencias se compone su guasa “La Sapoara” estrenada en 1947, superada en transcendencias por el merengue de Francisco Carreño.
Lo de músico nunca supo de donde le venía y con los serenateros de su tiempo aprendió a combinar con estilo y ritmo propio el sonido de la guitarra, aprovechando su excelente voz de tenor que muchos llegaron a comparar con la del Mexicano Mario Vargas.
Era un autodidacta de la música, la composición y el canto. No tuvo maestros y lo que aprendió fue por su buen oído, habilidad y gran constancia. Llegó a convertirse en la Vedette de las serenatas y por esa vía conoció a mucha gente importante y pudo actuar con soltura en los clubes y círculos sociales. Tan bueno cantaba que cuando se le desfiguro la voz a causa de una lesión en la garganta, los supersticiosos y fatalistas lo atribuyeron a un maleficio y esto para tormento se lo confirmó después el curandero Benjamín Branche que en la ciudad era tan famoso como Yaguarín el de la Canoa, y a donde lo llevó su hijo mayor Trino para salir de las dudas.
El curandero le pronosticó  que a la hora tal  se le desprendería la campanilla, vale decir, la úvula o galillo de la gargantas, y así ocurrió: el apéndice uvular que cuelga de el velo palatino y con el cual articulaba los sonidos se le desprendió. Lo conservó por mucho tiempo en un frasco de alcohol, pero un mal día desapareció, se lo hurtaron a igual que a su guitarra color caoba oscura, lo cual conservaba el tercero de sus cinco hijos, vale decir, Mario, en humilde casa de la calle Carabobo. Mario Vargas, quien ejecuta cinco instrumentos es el heredero nato de las cualidades artísticas de su padre.
Tocaba la guitarra a veces el cuatro. Con ella iba a todas partes y el resto de voz que le quedaba continuó su vida de cantor popular rendido a la bohemia y sin importarle el lugar y la distancia.
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La barca de oro
La Barca de Oro de Alejandro Vargas era una añeja y húmeda curiara de lo más pobre y trajinadas.
De tanto fondear a quilla limpia sobre la arena y encallar entre los invisibles arrecifes del Orinoco, se le había averiado el casco de tal forma que su dueño no podía carenarla sino con retazos  de enaguas y camisa vieja.
Las curiaras indias son labradas a fuego lento controlado para luego navegar el río a canalete, con palanca o la sirga. Pero aquella pobre curiara de Alejandro Vargas y su compinche el Catire Carvajal que vivía en el barrio Perro Seco a orilla del Orinoco, tenia vela como uno de esos barcos surtos en el puerto de Ciudad Bolívar que tanto lo impresionaban, y a bordo de ella solían ir a los caseríos ribereños, el uno con su cuatro y el otro con su guitarra, a “matar tigre”, o en lenguaje más práctico, a “buscar la vida”.
Un 24 de diciembre navegaban de regreso remontando el Orinoco a tiro de pasar la Navidad en la capital bolivarense, pero el río estaba encrespado y la curiara, debido a filtraciones, tenía que ser achicada sin cesar.
Tras navegar bajo intenso sol desde puerto de tablas y luego con la noche haciendo más difícil la navegación, decidieron atracar en un lugar de donde la brisa traía voces y se veían luces. Era Palmarito, aldea de pescadores a escasa distancia de Ciudad Bolívar y a punto de Noche Buena de Navidad.
Cortado el frió con un buen trago de ron Bucare, Alejandro Vargas desenfundó  su inseparable guitarra de un impermeable y otro tanto hizo Carvajal con su cuatro y al poner pies en tierra, Alejandro improvisó este aguinaldo que perdura en el alma popular con la misma fuerza de Casta Paloma; “La Barca de Oro/ el timón de plata/ la quilla de acero/ las velas de nácar/ hasta aquí llegamos/ ya fondeó la barca/ y los pescadores/ dan su serenata.

Parrandas y Comparsas
Alejandro Vargas solía recrearse infatigablemente en sus propias melodías y le imprimía nuevo acento a las de otros compositores que tuviesen valor popular.
Para ello no disponía de otros recursos que su inseparable guitarra, su sensibilidad de poeta nativista y peculiar voz de juglar. Por ellos era único en ese ir y venir por la ciudad, animando el llamado entusiasta de quienes querían tenerlos de compañero durante la fiesta familiar, la farra de ocasión a la parranda serenatera.
Tenía soltura para su composición y la improvisación, especialmente cuando sentía admiración por algunas personas o causaba el impacto de algún acontecimiento. Fue autor de innumerables valses, pasajes, joropos, guasas y aguinaldos de arraigada tradición en el repertorio de comparsas y parrandas de la región.
El vals “Margarita”, que compuso para la novia de Felipe Maita, amigo suyo, es trozo nunca dejado de lado en los convites musicales. Igualmente el joropo “Guacharaca”. “Elenita  Morales” fue una de sus ultimas composiciones. Se trata de un vals dedicado a Elena I, reina de carnaval en 1964. Pero son realmente los aguinaldos “Casta Paloma” y “La Barca de Oro” las composiciones trascendentes de este insigne juglar guayanés.
Estaba siempre el negro Vargas donde la alegría hacia falta aún cuando sus canciones algunas veces fueran tristes. Era único con su voz y su guitarra y durante las fiestas tradicionales resplandecía su ingenio de artista pupilar en las típicas comparsas de Año Nuevo, reminiscencia india de culto de los animales como la Burriquita, El Sapo o el Pájaro Piapoco, en las que lo seguían  la inquebrantable devoción de Rafael Martínez, Chicha Arias, Emenengilda Flores, las hermanas Marías, Matilde y Julia Farfán, los hermanos Pantojas, los hermanos Tabare y la Negra Pura, bailadora de la burriquita.
Tantos las comparsas como las parrandas recorrían la ciudad cantando aguinaldos de casa en casa en la época decembrina, y bailando los animales tejiendo el sebucán.
Por espacio de medio siglo hasta que le llego la muerte el 16 de marzo de 1968, estuvo Alejandro Vargas cantándole a Ciudad Bolívar, a su fauna, a su gente y a los valores tradicionales y culturales. Desde entonces podríamos decir que comienza a languidecer en la ciudad angostureña la novedad del buen aguinaldo y las comparsas. De vez en cuando como ahora “Corre Caballito” prende el buen aguinaldo en el alma popular.
“Corre Caballito” es un aguinaldo introducido en los años sesenta por el entonces padre Constantino Maradei Donato, luego de escucharlo por primera vez a las monjas del Caicara del Orinoco.
Alejandro Vargas es autor de otros veintinco aguinaldos, entre ellos, “Conferencia, (De noche le dice/ el sol a la luna/ que Ciudad Bolívar/ tiene una fortuna/ todas sus mujeres/ preciosas y bellas/ por eso aplaudieron/ todas las estrellas); “Que luna tan bella”(Que luna tan bella/ está con nosotros/ se torna de plata/ el ancho Orinoco/ se mueve las aguas/ al pasar los peces/ vuelan las gaviotas/ y luego amanece); “Misterioso Caroní” (hay un gran misterio/ en el Caroní/ nadie se imagina lo que pasa allí/ que han visto una nave/ en un viernes santo/ que atraviesa el río/ con música y canto/ y dice la gente/  y la gente dice/ que es en Caroní); “Paloma Blanca”  (Palomita Blanca/ que emprendes el vuelo/ que no exista  dengue/ para el Año Nuevo/ un milagro de oro a dios ofrecí/ con que la gripe/ se valla de aquí).
Alejandro Vargas, producto de una mezcla decantada con el tiempo del negro africano con el amerindio, no tuvo más escuelas y disciplina que su pobreza distraída en un medio donde podía andar sin tropiezos gracias a su alma sensitiva de bohemio y rapsoda.
 Durante casi toda su existencia septuagenaria no pasó de estos contornos de ríos y de selva y ya en los últimos meses de su existencia fue cuando ese puente mágico y eventual del extinto Quinteto contra puntos, trascendió a lo nacional con el aguinaldo “Casta Paloma” y la “Barca de Oro” que más tarde terminó  popularizando el conjunto de “Serenata Guayanesa”.
En la divulgación de sus compositores, después de su muerte, también contribuyó el INCIBA editando un long play antológico de sus mejores piezas.
El negro Alejandro Vargas murió estrangulado por la artritis que lentamente terminó de apagar su voz y el rasgueo de su guitarra. Se había pasado la vida en comparsas y parrandas, ofreciendo serenatas y “cantando aguinaldo”, pero desde el primer percance que le malogró la voz, abrigaba sutil temor por la soledad y la muerte: Cuando yo me muera / ¿quién me irá a llorar? / Solo las campanas / de la Catedral.


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