sábado, 5 de diciembre de 2015

CARLOS RODRIGUEZ JIMENEZ


Upatense de cuatro títulos y vida muy longeva que ejercicio la diplomacia y la masonería universal durante cuatro años. Era aficionado a la poesía y la investigación histórica. Escribió una obra muy completa sobre Upata y así mismo el libro biográfico “Vida y acción en varios mundo”.

Carlos Rodríguez Jiménez es uno de los tantos guayaneses ilustres ausentados desde jóvenes para realizar en otra tierra, a veces distante, la obra de vida virtualmente imposible de realizar quedándose cautivo en su propio lar.

Guayaneses como Raúl Leoni, Jesús Soto, Alejandro Otero, Antonio Lauro, Leandro Aristiguieta, J. F. Reyes Baena, Manuel Alfredo Rodríguez, Lucila Palacios, Luz Machado, Rafael Pineda, Jesús Sanoja Hernández, Regulo Pérez, Gisela Vidal, Héctor Thomas, Virgilio Decán, Argenis Daza, entre otros, por ejemplo, debieron abandonar la patria chica para sondear sus aspiraciones en otros horizontes.

Carlos Rodríguez Jiménez, más que adentro, ha brillado fuera no solo con sus cuatro títulos universitarios –doctor en Farmacia, Abogado, Doctor en Ciencias Políticas e Intérprete público-,  sino como persono de la calidad humana y como gran maestro de una fraternidad como la Fracmsonaría que no se tiene frontera y perdura desde los más remotos tiempo bajo el signo sagrado de la libertad.

Cuatro títulos en el transcurrir del tiempo profesional, pero solo los tres últimos tuvieron que ver con su carrera diplomática porque muy poco en esa dirección  le sirvió su doctorado en farmacia. Lo de farmacéutico estuvo bien mientras fue regente de la firma “Romero & Atienso” en la tierra caliente del Zulia. Eso fue en 1922 en el año del advenimiento petrolero pero le toco presenciar con ojos abismados.

Entonces tenía 22 años y desde Maracaibo, en la orilla opuesta del lago, contemplo el chorro negro de pozo de la Rosa que duro varios días sin interrupción hasta que finalmente logró contenerse. Comenzaba la nueva Venezuela. La Venezuela de la sociedad industrial que fue dejando atrás el arado y el cabestro para caer al final en la trampa en una series de vicios, contradicciones y desajustes propios del sistema económico que el capitalismo de la gran empresa implanta en países subdesarrollados.

 Su carrera diplomática la inicia Carlos Rodríguez Jiménez como Cónsul General de Venezuela en el imperio de Japón no estaba industrializado; sus exportaciones a Venezuela al igual que las importaciones prácticamente eran inexistentes. Estaba gobernado por los emperadores que jamás usan apellidos, no se les podía llamar por su nombre sino por la expresión “Kinjo Keika” que significaba “Emperador reinante”. Tampoco, al menos los súbditos, podían verlos de frente por considerarse un “Tenshi Sama”, vale decir,   personaje divino hijo del cielo. Todo esto cambio después de la Segunda Guerra Mundial en que los dieciséis pétalos dorados del Crisantemo se tiñeron de sangre y luego nuclear.

El upatense Carlos Rodríguez Jiménez fue el segundo  venezolano llegado al Imperio del Sol Naciente investido de la función oficial de Cónsul. El primero fue su condiscípulo Francisco Fraino Mirabal, quien murió en el Hospital de San Lucas, Tokio, a causa de una apendicitis. Allá llego en mayo de 1931, en el sexto año de la era Showa y tras un largo viaje por tierra y mar que duro casi un mes. Más luego, cubriendo el mismo itinerario La Guaira-Nueva York-Seatle-Yokohama, llegaría si actual esposa Carmen Herminia Delgado, hija del doctor Antonio Maria Delgado Barroso, quien fue secretario General de Gobierno del Estado Bolívar en 1925. Con ella se caso en Venezuela por poder y luego  por la iglesia en la Catedral Católica de Tokio.

Su primera tarea como Cónsul en tierra tan distante y cultural tan diferente, fue la de empeñar sus esfuerzos por promover las relaciones comerciales entre Venezuela y Japón y con el fin abrió unas exhibición permanente de productos manufacturados y semimanufacturados venezolanos en el céntrico edificio Maronouchi Building. Asimismo fundo la revista “Asia América”  que se publico hasta el 8 de diciembre en 1941 cuando Japón ataco por sorpresa a Peral Harbor y destruyo varias unidades navales norteamericanas extendido la Segunda Guerra Mundial que ya había comenzado. Estados Unidos declaró inmediatamente la guerra al Japón e Inglaterra y Francia se solidarizaron.

Venezuela durante la primera Guerra Mundial  no había declarado la guerra a Alemania, tampoco lo hizo durante la segunda conflagración; no obstante rompió relaciones diplomáticas con los gobiernos de se país, Italia y Japón, sumándose a la causa aliada. De manera que esto conllevó a las autoridades japonesas a paralizar la actividad consular venezolana y a aplicar prisión domiciliaria. No podían recibir visitantes, correspondencia postal  ni telegráficas y a la comunicación telefónica fue suprimida. Sus únicos protectores era la alegación Suiza que los visitaba y procuraba que nada les faltara. El 17 de 3 julio de 1942, esa legación logro su expansión mediante canje y pudieron de esta suerte regresar a Venezuela en el vapor “Asama Maru” que traía a otras cinco mil personas en idénticas circunstancias que se dirigían hacia los Estados Unidos y otros países de América.  Este penoso vía crucis duro mes y medio y el canje de prisioneros se efectuó en Lourenco Márquez, puerto y capital de Mozambique bajo la protección de la sociedad de naciones y las Cruz Roja Internacional.


El arribo a ese puerto fue sincronizado con el de la nave sueca “Gripshiolm” procedente de los Estados Unidos con el numero aproximadamente  igual de nacionales japonesas  que estaban siendo repatriados a su país. Ya fuera de control con los japoneses y en barco sueco navegando el Atlántico rumbo a la América, Carlos Rodríguez Jiménez hizo contacto con expatriados de la hermanad masónica y propuso una tenida masónica extraordinaria en tiempos de guerra en una nave de repatriados no tiene procedente en la historia de la  Francmasonería Universal.

Luego de una escala jubilosa en Río de Janeiro y Belem de pará donde lo aguardaba su hermano Julián Rodríguez Jiménez que era Cónsul y de otro en Puerto España donde su hermano mayor, Rafael Antonio, médico, se hallaba instalado en una Clínica médico-quirúrgica floreciente, viajo a Venezuela, en un hidroavión cargado de caucho de la selva, junto a su esposa Herminia, Andrés Boulton y Otto Gerstl, ambos de Caracas. Acuatizaron en la rada de la Guaira y ya al día siguiente los recibía el Presidente Medina Angarita. El 25 de agosto de 1943 nació su hija Teresa Herminia y a principios de 1945 se estaba alistando para viajar como Secretario General de la Delegación venezolana de San Francisco de California, al nacimiento de las Naciones Unidas con la cual se coronaba de paz la insólita estupidez hitleriana de la Segunda Guerra Mundial. Las Naciones Unidas (ONU), venia a remplazar a la Sociedad de  naciones, creada en 1920 por los países firmantes del Tratado de Versalles, además de CRJ, estaba integrada por los doctores Caracciolo Parra Pérez, quien la presidía; Alfredo Machado Hernández, Gustavo Herreras Grau y Rafael                  Ernesto López.

Al siguiente año le tocó igualmente asistir como Secretario de la Delegación venezolana a la primera Conferencia de la ONU en Londres y a la segunda celebrada en país en 1948 que creó el Estado de Israel y aprobó la Carta de los Derechos Humanos. La Delegación venezolana entonces estaba presidida por Andrés Eloy Blanco, Canciller de la República. Durante esa Asamblea  se produjo el golpe de Estado que derroco a Rómulo Gallegos, por lo que el poeta al regreso  de la Delegación se quedo de una vez en el exilio y Carlos Rodríguez Jiménez, como profesional de carrera, fue instalado y se vio obligado por la Chancillería de la Junta Militar presidida por Carlos Delgado Chalbaud viajar a Washington junto con José Rafael Pocaterra a encargarse de la embajada desempeñada por Gonzalo Carnavali y negociar el reconocimiento del gobierno de factor que ascendía al poder.

El Presidente de la Junta Militar de Gobierno Carlos Delgado Chalbaud, murió trágicamente el 13 de noviembre de 1950 en un emboscada a su desaparición fue un golpe duro para el Embajador Pocaterra quien renunció la embajada y se retiro a su refugio hogareño en Canadá donde había nacido su esposa Martha y donde murió el 19 de abril de 1955.
Tras la renuncia de Pocaterra, el Canciller Luis Emilio Gómez Ruiz, lo designo Cónsul en Inglaterra, cuna de la Francmasonería moderna, a la cual a estado afiliado y activo Carlos Rodríguez Jiménez desde sus tiempos mozos de Luvetón.

Su paso por Londres  le permitió visitar los diferentes cuerpos masónicos allí existentes y afiliarse a algunos de ellos y tomar parte activo en los trabajo litúrgicos en los diferentes grados y absorber el espíritu de una institución extendida por el mundo.

De Londres pasó nuevamente al Japón en 1952 en calidad de enviado extraordinario y Ministro Plenipotenciario. Su misión diplomática en el Imperio del Sol Naciente concluyo el 30 de septiembre de 1965 cuando el presidente Raúl Leoni le confirió la Orden del Libertador en grado de Gran Cordón y decretó su jubilación por 34 años de servicios ininterrumpidos al Estado.

Carlos Rodríguez Jiménez, honestamente, no deseaba esa jubilación… Habría deseado prolongar sus servicios hasta el límite de los 40 porque aún se sentía en condiciones físicas y mentales para seguir trabajando. Dada esta consideración fue designado Cónsul General adhonorem en Filipinas en 1970 donde permaneció hasta mayo del 1991.

De regreso a Caracas se reintegro al ejercicio profesional y se intereso por marcas comerciales y patentes de invención y al margen del ejercicio del derecho, se asocio al Dr. Otto J. Jensen para la fundación de la compañía Nacional de Computación que finalmente quedo en manos del Grupo González Gorrondona. 


Se dedico luego CRJ a otras actividades vinculado con la Sociedad de Amigos del Colegio Japonés de Caracas, el instituto de Genealogía, la Sociedad Numismática venezolana el palacio de las Academia, la Casa de Guayana y el Instituto venezolano de Cultura Hispánica, pero fundamentalmente a la Fracmasonería. La Francmasonería, además de la carrera diplomática, fue su norte y su pasión. No hubo lugar ni sitio, donde a través de el la masonería no estuviese presente. En ella alcanza los más alto grados y condecoraciones. Se residencio en Caracas y continuo vivo y activo hasta más halla de los noventa años, siempre pendiente de Guayana, especialmente de Upata, a la que le dedico todo una obra contentiva de su historia, una obra tan importante como su vida misma vertida en “Vida y acción en varios mundos” sobre el cual insistió tanto su amigo  José Antonio Bello López.

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