domingo, 20 de diciembre de 2015

TERESITA ORTIZ


Voz de soprano  que languidece entre naves y columnas de la iglesia madre de todas las iglesias de esta parte precámbrica del río.  Voz donde siempre han encontrado terciopelo los cánticos de Dios.
Canta desde hacía más de medio siglo,  desde que los padres paules se vinieron siguiendo las huellas del Monseñor Miguel Antonio Mejía para iniciar una obra en la capital del Orinoco que se tradujo en el Colegio La Milagrosa, donde estudió por más de tres decenios una inmensa cáfila de jóvenes de todas las edades. Las instalaciones del Decanato de la UDO incluyendo la capilla, eran de aquellos sacerdotes lazaristas  que misionan por el mundo desde 1625 bajo la égida alada de San Vicente de Paúl.

Entre los padre paules había un cantor barítono que acompañaba a los oficiales religioso ejecutando al mismo tiempo el órgano de mil quinientas voces que Dalla Costa trajo de Londres a fines del siglo. A él se  acercó una mañana de junio la deecisieteañera Teresita Ortiz para agradecerle probara su voz con el cántico “Ojos de Jesús luceros”. El ensayo dejó asombrado a todos los circunstantes, incluyendo a Carolina Barazarte, quien llevó la “Canchita”, como la llamaba, hermana Florinda Barazarte de Gunterman, profesora de la Escuela de Música y Canto “Pepe Mármol”, recientemente creada por el Presidente del Estado José Benigno Rendón.

El director de la Escuela que entonces funcionaba en la actual Casa Parroquial, era el profesor Fitzí Miranda, quien  junto con Pedro Elías Berhrens se afanaba por montar una emisora que al final logro con el nombre de Radio Bolívar, inaugurada el 18 de mayo de 1937 con un programa en el que cantaron Carmen Liccioni, S. Calogero, la triple Isabelita Caro, Tito Ávila, Elena Costa Yánez, Liliana Tovar y Ana Maria Gutiérrez. Teresita Ortiz no cantó por que apenas comenzaba, pero cantará después por Ecos del Orinoco en el programa semanal del Ateneo Guayanés fundado por José Ramón del Valle Laveaux y Anita Ramírez.
Cipriano Castro visitó a Ciudad Bolívar después de la Guerra Libertadora y Gómez, mientras fue dictador, no tuvo necesidad de hacerlo porque ya había estado en ellas librando una de las batallas más sangrientas de su historia. Correspondió al general Eleazar López Contreras continuar lo que hasta ahora ningún magistrado nacional ha dejado de hacer: visitar la provincia. López Contreras llego a la ciudad el 4 de septiembre de 1938 a bordo del cañonero “Rafael Urdaneta” y fue recibido por unas doce mil personas. En la noche hubo una velada en su honor   en el Club de Comercio, entonces ubicado entre las calles Orinoco  y Boyacá. Allí cantó Teresita colmando de entusiasmo al mandatario, al igual que lo hicieron el magnifico dúo Frank Hernández e Isabelita Caro acompañados de la orquesta “Unión y Armonía”.

Frank Hernández hizo lo indecible por sobresalir pues andaba bregando una beca  para irse a estudiar en la Academia de Música, Canto y Declamación de Caracas. Pero las becas de Bs. 120 que salieron publicadas en la Gaceta Oficial en febrero de 1939 solo favorecían para estudios superiores en Caracas a Alejandro Otero, Héctor r. Bello, Aníbal Alvarez, Luis Felipe Pérez Flores, Eleazar Alcalá de Armas y Humberto Bártoli. El Centro Artístico Guayanés tuvo que organizar una velada en el cine América a objeto de que Frank con lo que se hiciera en taquilla pudiera irse a Caracas, donde se quedó. La última vez que estuvo en Ciudad Bolívar vino acompañando a Alfredo Sadel. Ambos se encontraron con Soto y Elías Inaty y salieron de parranda. Alfredo Sadel, mientras cantaba para sus amigos, comenzó a experimentar cierta sordera. Inaty, preocupado, lo llevo al consultorio de Vinicio Grillet. Una misteriosa nube azul aparecía en el interior del oído, reflejada en el visor de un aparato de otorrinolaringología aplicada al cantante. Al nunca visto por el médico-otorrino, hasta que Sadel aclaró que probablemente tenía que ver con el jabón azul “Las Llaves” que utilizaba para bañarse.

El jabón azul es bueno,  tenía fama y Teresita Ortiz recuerda que  Reny Ottolina lo recomendaba cuando hacía su programa de televisión. Lo que no es bueno son ciertas sorpresas como la que experimentó cuando el padre Enrique Díaz Uvierra lo sorprendió,  en pleno rito para la bendición del Santísimo Sacramento, con ella demanda obligada por la ausencia del organista de la Catedral: “Teresita, siéntase al órgano para que interprete el Tántum ergo”. Aquella estrofa del himno punge lengua la envolvió en un visible temblor de voz y piernas.

Eso ocurrió iniciándose en la Diócesis el obispo Monseñor Juan José Bernal Ortiz, quien sustituyó a Monseñor Mejías a raíz de su fallecimiento el 9 de octubre de 1947. el organista era entonces Telmo Almada, obligación que fue relegando paulatinamente en la cantora oficial de la Catedral. No tenía el gobierno diocesano que pagar por separado a un organista y a una cantora porque Teresita podía acompañarse asímisma, sin haber nunca disciplinado más que su voz. Nadie sabía de aquel teclado que cotidianamente complementaba las tonalidades de su instrumento vocal. La sensibilidad de su oído le permitía registrar el ritmo y la armonía de los sonidos en aquel descomunal órgano londinés con solo su partitura individual para l canto.

De los años cincuentas a esta parte mucha agua ha llegado al Atlántico el Río Padre y sin embargo, no se agota aunque algunas veces durante el estiaje como ocurrio el 23 marzo de 1923, se puede pasar de una orilla a otra vadeando entre piedras y playones. Algo semejante a ocurrido con la voz de Teresita Ortiz, siempre aguda y fluida llevando hasta el atlántico celeste, en la corriente de su tesitura, las peces de los feligreses. Nunca ha fallado, sólo una vez, cuando falleció su padre Víctor Zenón Ortiz, sastre y violinista,  nieto de Higinia Ortiz, aquella mujer que vivía de inquilina en una de las casas de su compadre don José Ledesma, quien en su afán de acumular méritos e indulgencias para llegar al cielo, donó el pavimento de mosaico de la Catedral, tiempos de Monseñor Antonio Maria Durán, así como todas sus propiedades urbanas y rurales, unas cuarenta aproximadamente.

Don José Lezama falleció en 1887 y le sobrevivió su segunda esposa Francisca Gutiérrez y dos hijos adoptivos de nacionalidad francesa. Entre sus propiedades esta la casa de la calle que lleva su nombre y donde nació además de Teresita, otros ocho hermanos, entre ellos, Jorge y Marcos Ortiz, músicos como su padre. Jorge fue excelente pianista cuya vida profesional transcurrió entre la Habana y Caracas donde murió. Marcos Ortiz, quien fue saxofonista de la Banda del Estado durante treinta años, sobrevivió a su hermana hilvanando recuerdos y sonidos. Autor de varias piezas musicales, entre ellas, el himno a la Virgen de las Nieves, cuya letra es de doña Mercedes de Natera.

Entre los recuerdos y sonidos que hilvana Teresita Ortiz aparece con frecuencia aquel descomunal Órgano que dominaba desde lo más alto de la entrada, las altas naves de la Catedral. Había sido donado en 1870 por el presidente del Estado, Juan Bautista Dalla Costa Soublette. Lo hizo traer de Londres a través de la Casa Mercantil fundada por su padre en tiempos de la Colonia. El instrumento musical destacado no sólo por su magnitud sino por sus poderosos fuelles, aquellos tubos dispuesto en serie para reforzar el sonido de sus 1.500 voces en torno al cual giró la juventud citadina amante del canto y de la música.
Hubo un tiempo en que la Catedral tenía su Maestro de Capilla, director del coro (sochantre) y cantor (chantre). Maestro de Capilla durante 25 años fue Carlos Afanador Real, egresado de los Conservatorios de Alemania y Francia y a quien Teresita sintió morir en 1952, ya anciano tenía 75 años. El primer Maestro de Capilla fue José Mármol y Muñoz.

El órgano permaneció en el elevado Coro de la contrafachada hasta 1948 cuando Monseñor  Críspulo Benítez Fontúrvel, administrador apostólico de la Diócesis, decidió bajarlo para colocar el Coro cerca del altar mayor en busca de mejor  ambientación para el feed back las voces coro-sacerdote.

El único que sobrevivía del órgano para lo años sesenta eran los tubos acuáticos de acero que Monseñor Mata Cova no pudo recuperar de las manos de unos zagaletones que marchaban por la Plaza Bolívar creyéndose los trompetista de Jericó.

El órgano o armonio con el se acompañada desde entonces en los oficios religiosos lo regaló la familia Natera Febres por sugerencia de Irma Febres, quien también fue organista de la catedral al igual que lo fue Florinda Barazarte y Amelia Almada.

A coral más numerosa que ha tenido la Catedral la organizó el pbro. Segundo Ferrero, quien después fundó en diciembre de 1950 el “Orfeón Bolívar” y cuya directiva integraban la señorita Carmen Elena Siegert, el señor José Amunchategui y los estudiantes Manuel Orta, Rafael Montoya y Ernesto García. Debutó en enero del año siguiente con un concierto de carácter sagrado.


A Teresita Ortiz, sin esposos ni hijos y sin su hermano Julio, el sastre que le servia de compañía mientras operaba su taller de sastrería, la veíamos íngrima y dulce, puntualmente todas las mañanas subiendo y bajando la  cuesta, entre Lezama y Catedral, para ofrecer ya con el vicario Monseñor Samuel Pinto Gómez o con el arzobispo Luis Medardo Luzardo, el santo sacrificio de la misa. Entonces cantaba con aguda voz de soprano “Cordero de Dios”, “Gloria”, o las composiciones del religioso italiano Lorenzo Perosi.

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